Alicia es una niña encantadora, se muestra responsable frente a sus estudios y sus objetos personales, es sociable, alegre, y participa muy activamente de la vida. Tiene seis años. Su madre, y ella misma, muestran preocupación porque desde hace un año, se despierta a media noche y luego le cuesta conciliar el sueño. Le sucede también que en ciertas situaciones, todas ellas distintas y sin ningún nexo de unión, le entran agobios y se pone a llorar. Su madre pregunta ¿qué le pasa a Alicia si todo marcha bien y está bien encaminada? Recopilando datos de su historia familiar, descubrimos que hace un año nació su hermano Rodrigo.

Los cambios que se producen ante la llegada de un hermano pueden ser muy variados: agresividad hacia los padres o hacia el hermanito en modo pellizcos, golpecitos o achuchones excesivos; conductas regresivas; malestar físico. A veces no se percibe ningún cambio significativo, sin embargo aparecen comportamientos inexplicables que los padres no saben a qué atribuir.

Cuando nace un hijo, los celos pueden aparecer en cualquier miembro de la familia, y puede disparar cuestionamientos tanto en los padres como en el niño, que se traducen en miedos y preocupaciones. Imagínense la dificultad de un niño para gestionar esto, cuando muchos adultos ni si quiera pueden. Además, el niño necesita el amor de sus padres para sobrevivir y teme perderlo, por eso surgen los celos. Esta situación ya ocurrió cuando no existía ningún hermano, cuando el niño descubrió que a mamá le gustaba hacer otras cosas además de estar con él.

Los celos es conveniente no negarlos ni prohibirlos, ¿entonces que? El niño tiene que poder expresar su protesta, hay que comprenderlo y tratar de atenuarlo. Conforme el niño encuentre su lugar dentro de la nueva familia, las manifestaciones de los celos irán desapareciendo, pero para eso hay que darle ese lugar.

 

Escrito por Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalisita
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 605 963 410