Del juego a la fantasía

El hombre no puede abandonar aquello que alguna vez le dio placer. No puede abandonar el juego y lo reemplaza por fantasías, no puede abandonar a los padres y los reemplaza por el SuperYo, no puede abandonar a la madre primitiva y entonces se divide en dos.

El juego da placer a los niños. Luego se transforma en fantasear. En el juego no hay nada que avergüence, en las fantasías hay deseos que avergüenzan.

Ella cuando habla de sus fantasías, la mayoría de las veces son del género erótico. La mujer no necesita rodeos para poder fantasear, aunque después tenga problemas para expresar.
Él cuando relata sus fantasías, a primera vista son egoístas y ambiciosas y todas tienden a aumentar la personalidad y son en beneficio propio. En el recorrido heroico del hombre conquistando con su egoísmo, con su ambición el mundo, siempre hay una dama a quien ofrecerle el botín, el triunfo, el honor, la gracia, el poema. El hombre necesita rodeos para poder fantasear, tal vez para que Eros no impere como muerte.
El hombre tiene las claves del trabajo y la mujer las claves del goce.

Se puede leer en Freud que toda pulsión tiene como fin su satisfacción. El artista es originariamente un hombre que se aparta de la realidad porque no se resigna a aceptar la renuncia a la satisfacción de los instintos. Entonces es el arte quien consigue conciliar el mundo de la realidad y el mundo del deseo. Si esto se alcanza es porque todos los hombres entrañan la misma insatisfacción ante la renuncia impuesta por la realidad y porque esta satisfacción resultante de la sustitución del principio del placer por el principio de la realidad, es por sí misma una parte de la realidad.

El soñador no revela sus fantasías porque encuentra motivos para avergonzarse, de contarlas nos parecerían repelentes. En cambio cuando el poeta presenta sus juegos sentimos placer. El placer estético de la obra poética entraña un placer preliminar. El goce de la obra poética produce las descargas de tensiones dadas en el espíritu