OTOÑO

A punto estamos de estrenar otoño. Dejamos atrás un tiempo dónde parece que lo que prima es ser personas deseables por encima de cualquier otro valor. Con las nuevas temperaturas habrá que ocultar la carne y sumar otro tipo de valores visibles a través de la lana. ¿Qué podemos hacer para resultar atractivos además de hacer ejercicio, echarnos cremas y tener la mejor ropa? Porque a estas alturas ya todos sabemos que hay personas bien avenidas físicamente pero que no resultan atractivas, y al contrario.

Pues bien, ser deseantes nos hace ser deseables. Por eso otra forma de ser atractivos es tener intereses. Por ejemplo, es frecuente oír: "¡Qué bien te veo!, ¿estás enamorado?". Es cierto que el amor sienta bien. Pero no es el hecho del amor lo que nos favorece sino el hecho de desplegar nuestra libido y ponerla fuera de nosotros mismo: el interés por una pareja, el interés por un nuevo libro, el interés por las clases de francés. También la terapia psicológica da ese plus de belleza. Cuántas veces alguien inicia un tratamiento terapéutico y las personas de su entorno le dicen "Uy, te veo mejor". Esa mejora no es tanto por el efecto terapéutico como por el interés que esa persona a puesto en la terapia, ese despliegue de la libido. Otro ejemplo muy conocido es el siguiente fenómeno: el chico que casi nunca tiene pretendientas, pero justo cuanto se echa novia le salen dos o tres. Esto no es que sea casualidad, como venimos explicando a los humanos nos atraen personas deseantes, por eso justo cuando estas interesado en una mujer resultas más atractivo que cuando no te gusta ninguna.

Así que por que llegue el otoño, y los más perezosos replieguen sus alas al hogar, no conviene replegar los intereses. Si nos ocupásemos de ser deseantes, además de aportarnos belleza, nos aportaría satisfacción y nos salvaría, entre otras cosas del mal de esperar. Porque si no me ocupo de mis deseo, de mis intereses, si no soy capaz de gozar con mi propia vida, estoy entendiendo que son los otros los que me tienen que hacer gozar. Si no nos ocupamos de nosotros mismos, acabamos esperando que otro me dé lo que a mí me falta.

Ese esperar que otro me dé lo que yo no termino de conseguir, hace que día tras días caigamos en la rutina. Y no es que el otoño traiga consigo la rutina sino que es uno mismo el que la construye. Por ejemplo, rutina no es ver a mi novio todos los días, rutina es esperar todos los días que mi novio me dé ese algo que yo no tengo, rutina tampoco es ir todos los días a trabajar, rutina es esperar siempre que los días me den algo. La capacidad de goce es la que uno tiene, siendo la parte activa, y uno gozará en función de su capacidad, no en función de lo que otro le dé.

Queda desmitificado entonces que sólo el enamoramiento nos realza, que el atractivo reside en un buen físico y que el otoño trae consigo la rutina.