Carta a un muerto


Querido difunto:

Hace ya cinco años que falleciste. Ayer podrías haber cumplido 61 años y no me acordé de ti. Al menos ya no sufro de reminiscencias y doy gracias de no haber enterrado contigo mis esperanzas ni mi goce. Aunque te amaba, no morí contigo. Aunque un trozo de mí también se fue.

Recuerdo que sentí mucho tu muerte. Pero hoy entiendo que tanto dolor por quien ya no está es quizá una cuestión de egoísmo, o mejor dicho una herida a mi narcisismo. ¿Por qué digo esto? Con la llegada de tu muerte me hiciste ver que para mí también llegaría un final. Con tu fallecimiento, vi clara mi mortalidad ¡y eso sí que duele!

La muerte propia es inimaginable, y al intentarlo podemos observar que cogemos el papel de espectadores. Para el hombre siempre son los otros quienes se mueren. En el fondo, nadie cree en su propia muerte o lo que es lo mismo, en el inconsciente todos estamos convencidos de nuestra inmortalidad. Hay mucha gente que no se da cuenta de que caducamos, y por eso son personas que tienen una actitud muy particular: postergan las cosas de la vida, comienzan y empiezan continuamente, repiten actos de su vida o se creen perfectos.

Tú eres de los pocos difuntos reales que tengo. Pero tengo muchos otros que están muertos en vida. Muertos en vida porque sólo esperan, no tienen iniciativas, no quieren crecer, prosperar… porque no construyen nada de vida. Y no sólo eso, sino que también cometen excesos en el amor, la comida, el sexo, las relaciones familiares. Actitudes equivocadas, arriesgadas y sin criterios que les llevan al fracaso.

Estos que yo llamo muertos en vida ¿tendrán miedo a la propia vida? Digo esto, porque muchas veces la vida se empobrece o pierde interés cuando entendemos que la vida misma no debe ser arriesgada. Es decir aparece un temor excesivo ante la vida, por el miedo a la muerte misma y nos paraliza.

¿O quizá estarán dominados por el instinto de muerte? En cada hombre conviven junto a los instintos de vida, los instintos de muerte. La vida se prolonga si existe un equilibrio entre ambos instintos. Cuando hay desequilibrios, por norma general siempre gana el instinto de muerte, ya que es el fin de toda vida. Es decir, según la actitud que tomemos o el instinto que queramos que nos domine, podremos vivir construyendo vida o construyendo muerte, vivir dando o vivir de forma suicida.

Un beso de quien cada día cumple sus compromisos para seguir creando vida.