El observador:
Nada es lo que parece, pero nada sucede por casualidad


A muchos os puede parecer que hay gente que "siempre está feliz". Pero ni todo el mundo está tan feliz como muestra, ni todo el mundo es tan desdichado siempre; sino que según el momento que sea, cada uno desempeña un rol distinto: rol de turista, rol de trabajador, rol de enfermo. Es decir, no es lo mismo estar en una fiesta que estar en la sala de espera de un médico.

Cuando nuestro protagonista del último mes, el observador, se mete en su papel, se distancia de la realidad, la mira como un espectador y se convence de que nada es lo que parece. Ni las situaciones, ni las personas. Cuando habla de la apariencia de las personas se pregunta si se trata de hipocresía o más bien, de que en cada momento, a cada cual le toca desempeñar un papel distinto.

Hay que tener pues, cuidado con no desempeñar un papel en un lugar equivocado. Cuando de hablar se trata, se puede hablar de muchas cosas: acerca del clima, las noticias, la moda, la vida íntima o incluso de la vida íntima psíquica. Y cuando se trata de a quién le hablo, también existe variedad: al frutero, a un amigo, al jefe o a un terapeuta. Así, según lo que cuente y a quién se le cuente el resultado puede ser una charla intranscendente, un coloquio, un nacimiento de rumores y chismes, o el inicio de un tratamiento psicológico.

Según esta exposición, dependiendo del comportamiento de una persona, se le podrá valorar como una histérica si cuenta los problemas de su vida íntima al frutero, un prepotente si se habla de teorías en una reunión de vecinos o un boicoteador si se le habla mal al jefe en la cara. Hay que tener la suficiente paciencia para hablar de lo que corresponda, en el momento y en el lugar oportuno. Y sobre todo, hay cosas que es mejor contar a un profesional de la salud mental (psicoanalista, psicólogo o psiquiatra).

Parece que según como hable una persona, así se le juzga. Dice el refrán que por la boca muere el pez. Y como en la sociedad parece estar de moda poner etiquetas a los demás, hay que andar con talento para no ser etiquetado. O mejor dicho, hay que tener talento para no querer cumplir con ninguna etiqueta.

También hay que aprender a diferenciar entre ser y estar. No es lo mismo ser un deprimido que estar deprimido. "Ser" responde a una cualidad permanente y "estar" alude a un estado pasajero. Hay que aprender a utilizar el verbo estar, porque todo está sujeto a cambios y así llegamos al "nada es lo que parece".

Todo el mundo lleva una historia detrás, y lo que nos diferencia a unos de otros es el nivel de ambición, exigencias, conformismo, resignación. En la variedad está el gusto y el límite donde se puede ser feliz es muy amplio; no se sabe qué supone estar feliz para cada uno. Y ahí radica el grado de felicidad, teniendo en cuenta que se trata de un estar y no de un ser. El observador no sabe si lo expuesto aquí es para los que están en el camino de la busqueda o para los envidiosos, pero ahí queda dicho.