LAS PREGUNTAS DE LOS NIÑOS

 

Todos hemos tenido cerca alguna vez un hijo, un sobrino, un alumno, un vecinito que nos ha permitido observar que en cierta época del crecimiento los niños hacen muchas preguntas. Generalmente esto sucede entre los 2 y 5 años.

Muchas de las preguntas de los niños tienen un origen sexual. Por ejemplo, el ansia investigadora que los más pequeños tienen frente al interrogante "de dónde vienen los niños", es un momento estructural que todo humano atraviesa. La curiosidad sexual infantil se puede despertar ante la llega de un nuevo hermanito, o bien ante la escucha de que alguien tiene un nuevo hermanito. Este hecho despierta su sensibilidad y agudiza su pensamiento. La existencia de los otros nos remite a nuestra propia existencia y eso genera un espíritu científico, investigador. ¿De dónde vienen los niños?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde vamos?

Las preguntas que los niños realizan acerca de la concepción suelen contestarse desde la fábula ("los niños vienen de París" o "los niños los trae una cigüeña"), como si pensáramos que la verdadera narración pudiera perjudicarlos en su desarrollo y despertar en ellos un instinto sexual que permanece dormido, cuando lo cierto es que la presencia de esta pregunta es paralela a una primera actividad sexual. El niño, bajo la influencia de las pulsiones que en él actúan, llega a formular numerosas teorías sexuales infantiles, tales como las de que ambos sexos poseen iguales genitales masculinos, y que los niños se conciben comiendo y son paridos por el recto, o que las relaciones sexuales son un acto de carácter hostil.

La sexualidad humana se desarrolla en dos etapas separadas por un periodo de latencia. La actividad sexual del niño no es continua, sino que después de un corto florecimiento, que se extiende aproximadamente desde el segundo al quinto año, entra en el llamado proceso de latencia, donde abandona su infructuosa investigación. Por eso desde los 2 a los 5 años presentan más preguntas.

¿Hay que responder a todas las preguntas de los niños?, ¿hay que decirles todo a los hijos? Responder de una manera clara, sin ser demasiado explícito, a las cuestiones que el niño nos plantea, no adelanta ni pervierte ningún proceso evolutivo. Muy al contrario permite que el pequeño continúe con su exploración, cuyo interés parece decrecer en la segunda infancia para volver a aparecer con vigor al comienzo de la adolescencia. Por otro lado, el afán de los adultos de dar respuestas desde la fábula lleva a generar leyendas que sólo genera desconfianza en los adultos, en tanto los niños se sienten engañados.
Freud es partidario de responder a todas las preguntas que el niño se llegue a plantear, sin tratar de informarle más allá de la pregunta, pero tampoco menos. En este sentido es el niño el que marca la pauta de cuándo hay que explicarle las cosas, y los padres no deberían tratar de adelantarse a este momento.