Se habla mucho en esto días de cuántos regalos hay que hacer a los niños. Desde luego más bien tirando a pocos que a muchos. Si los niños tienen demasiadas cosas les resulta difícil elegir y discernir entre lo que les gusta y lo que no les gusta, o tener un objeto favorito. Y es muy interesante que el niño pueda poner su libido en algún objeto y servirse de él para vivir buenos momentos, función esta que ahora se realiza con un juguete y luego será con otras cosas.

 

Los padres llevan mejor que los hijos tengan todo lo que quieren y también todo lo que no quieren, antes que verse invadidos por afectos molestos que les hagan cuestionarse y reflexionar. Subyacen en los padres pensamientos de este tipo: “mejor regalarle todo lo que pide vaya que piense que no le quiero lo suficiente”, “soy mejor padre si le regalo mucho”, “le voy a regalar todo lo que pide para que este agradecido”. Además a los padres se le hace duro soportar no colmar al 100% a sus hijos, y se les hace difícil convivir con la frustración, inconformidad, e insatisfacción de éstos.

 

Muchos padres no quieren verse confrontados a los sinsabores inevitables que experimentan sus hijos porque esto les genera incomprensión y malestar. Si esos padres tuviesen un mejor manejo con su propia imposibilidad, con su incompletud, en definitiva un mejor manejo con su existencia de ser único y sin instrucciones, entendería que no hay objeto alguno que colme ni al 100% ni para siempre. Eso permitiría no tapar ese agujero en su hijo a base de regalos.

 

Regalar es divertido, es un acto de amor, es darle un gusto y una complacencia al otro. Pero a veces, con las mejores intenciones y sin darnos cuenta le damos una utilidad: para vanagloriarnos y mostrar una falsa potencia, para chantajear y manipular al niño, como forma de contentarle para que no muestre desacuerdo, como una forma de mantener todo en una aparente calma que no complique la vida y no haga pensar en nada.

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalisita
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 951 91 81 21