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Hay personas que ante la más mínima dificultad sienten un mar de emociones negativas. Hay otras personas que aunque les caiga una bomba encima no tienen ninguna reacción. Hay personas que por lo general no abrazan nunca a aquellos que quieren. Hay personas que solo puede hacer cosas si cuentan con la autorización paterna…

Muchos de ellos no se hacen ninguna pregunta a cerca de por qué son así. Por un lado porque a veces no han identificado ni reconocido que eso que les pasa les ocurre de esa forma determinada. Y por otro lado, es probable que se justifique diciendo “yo soy así”, “siempre he sido así”. Son personas que han incorporado este comportamiento como un rasgo de personalidad, y lo viven sin mucho problema, como algo normal.

En cambio hay otras personas que un buen día se dan cuenta de que esto no les gusta, que les genera situaciones incómodas e insatisfactorias, se hacen preguntas del tipo: ¿a mí por qué me pasa esto?, ¿por qué seré así? En este caso es posible comenzar una terapia. A veces la demanda no es directa, sino que son aspectos que están velados por alguna urgencia, es decir, que a veces uno va a terapia porque lo está pasando muy mal porque le ha dejado su pareja, pero al hablar en sesión van saliendo otros síntomas.

Por ejemplo Ana era una chica rara, siempre decía que era solitaria, que no era afectiva, que no quería tener novio, ni hijos. Empezó la terapia porque presentaba una angustia e insatisfacción constante pero sin motivo aparente. Una palabra llevaba a otra, y sesión tras sesión fue desplegando su historia mientras elaboraba algunos aspectos de su deseo. Un día Ana se quedó embarazada, y observó algo al contar la noticia a sus familiares y amigos: es curiosa la reacción de la gente, hay quien se alegra y se queda tieso como un palo, hay quien se alegra y te da dos besos, hay quien se alegra y te da un abrazo que te hace sentir el choque de dos cuerpos y un impacto de sentimientos, hay quien te da la enhorabuena y no deja ver ningún sentimiento más. Así Ana descubrió que le gustaba mucho la gente que podía manifestar abiertamente –con palabras y gestos- su emoción… Acto seguido reflexionó: claro que en mi casa nadie ha sido así, no me extraña que a mí nunca me haya gustado saludar a la gente con dos besos ni ser afectuosa, ni si quiera tener novio ni hijos.

Ana no había tenido unos referentes muy expresivos y eso hacía que todo lo referente a las relaciones humanas se presentara como un enigma, y su consecuente rechazo. La terapia entre otras cosas le ha permitido desmarcarse de ese estilo familiar que ha ella no le gusta.

 

Escrito por Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 605 963 410