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“Llegó un momento en el que cada vez quería estar con menos gente, no quería quedar con casi nadie, ya ni con la familia, prefería estar solo. Cuando sonaba el teléfono sentía una especie de miedo, me decía: quién será, que querrán. Prácticamente cualquier estímulo exterior me agitaba y me hacía sentir estresado. Muchas veces me encontraba irritado y malhumorado y no sabía por qué. Sufría constantes episodios de angustia sin ninguna causa aparente.

Tras un periodo de terapia descubrí que cualquier palabra proveniente de los demás yo la vivía como demandas que debía satisfacer. Todo era recibido por mi parte como un imperativo, como una orden. Era una exigencia que me oprimía, me hacía vivir triste y cansado, cada vez me aislaba más.

Poco a poco entendí que yo podía vivir de un modo distinto, que para tener una vida digna y preciada, no necesitaba hacerme responsable de nadie, ni sentir que yo era lo que completaba la vida de los demás. A día de hoy soy capaz de disfrutar de las reuniones amistosas; puede sonar el móvil y no me siento acongojado ni amenazado. Ahora puedo ser yo con toda libertad, no me siento obligado a responder”.

Este hombre vivió la situación de malestar que ha relatado, durante aproximadamente 3 años. En apenas 6 meses de tratamiento ha conseguido apaciguar en gran medida su malestar. Tuvo que aceptar que cada uno se tiene que hacer cargo de su propio deseo, de sus inquietudes e insatisfacciones. Si nos remitimos a su infancia, este paciente, de pequeño vivía sin hacer ruido, siempre iba por el camino correcto con tal de que sus padres no se molestaran ni lo más mínimo para que no discutieran. De forma inconsciente ese seguía siendo su patrón de comportamiento.

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga