La ficción, que nunca supera a la realidad, se ha hecho eco numerosas veces de la complejidad que supone vivir entre vecinos, en definitiva entre otros. Da muestra de ello la película La comunidad, descrita como un film de terror vecinal. O la serie de televisión Aquí no hay quien viva. Comedia y humor son dos ingredientes que ayudan a tener cierto nivel de salud.
Una comunidad de propietarios es el total de propietarios de un mismo edificio que se rige por la Ley de Propiedad Horizontal, así como por las normas o estatutos por ellos acordados. La ley está ahí para cumplirla, aunque no todos lo hagan, pero lo verdaderamente complicado es acordar normas entre vecinos. Si no, pregunte a algún administrador. Más allá de cómo gastar el dinero, está el problema de cómo manejar la idiosincrasia de cada uno.
El justiciero, el soberbio, el sabelotodo, el cotilla, ¿usted qué clase de vecino es? Si bien es cierto que no todas las personas te hacen ser igual. Digo esto porque uno puede llegar a portarse de una manera dada, en una comunidad determinada, y si se cambia de vivienda puede llegar a ser de otra manera distinta. Hay personas y vecinos de todas clases, como decíamos: sucios, escandalosos, amargados, tan tímidos que les hace parecer maleducados, dueños de perros meones… Con algunos es horrible compartir un viaje en ascensor, y con otros te puedes acabar hasta casando. Imagínense personas tan distintas, con su carácter, con sus propias manías y obsesiones, que lo único que les une es que han comprado una casa en el mismo edificio, luchando por un bien común.
La dificultad no reside solamente en la diferencia de personalidad de los vecinos, sino cuando en lugar de mirar por el bien de la comunidad, priman otros intereses. Esto se ve muy bien en las reuniones, cuando algunos vecinos dejan aflorar demasiado su personalidad y se ve la envidia, el rencor, los celos: “como yo propuse una cosa y no se aceptó ahora nadie se va a salir con la suya”, “como me dejo llevar por la amargura digo que no a todo por sistema”, “como me gusta ser el centro de atención siempre estoy en contra de lo que diga la mayoría”. Los sentimientos son iguales para todos los humanos, vivan en una gran ciudad o en un barrio humilde. La diferencia está en como cada uno renuncia al miedo, a la venganza, a la rivalidad o a las propias alucinaciones. Ese es el grado de civilización y educación.
Los administradores de finca podrían recibir cierta formación psicológica. Por un lado para ayudar en las negociaciones, es difícil estar de acuerdo en todo, tal vez ni siquiera sea recomendable, pero se podrían exponer situaciones y acercar posturas entre los distintos interesados. Y por otro lado, para no entorpecer ellos, con sus propios afectos y estados de ánimo, la evolución del grupo con el que trabajen.
Los vecinos, en cualquier caso, lo mejor es que hablen de modo imparcial sobre el resto de vecinos, sobre todo porque existe una tendencia entre los humanos a hablar de nuestras miserias en tercera persona, y sería una forma de delatarse. Una de las cosas que más les cuesta a los humanos es implicarse en sus actos y en sus frases. Poder hablar de cosas que nos duelen, que nos cuesta, que no toleramos sentir o pensar en primera persona ya es un grado de implicación que no es fácil de alcanzar. Así por ejemplo, si digo que mi vecina piensa mal de mí, quizás sea uno mismo el que lo hace.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga