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Inventar cada día

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Tu vida es tuya, y sólo tú puedes inventar que hacer con ella. Siento decirte, a la vez que me alegra, que no hay un camino que te esté esperando, no hay nada, hay que ir haciéndolo. Cada día es un invento, y esto es una condición para todos, se encuentren en el estado que se encuentren: tanto si buscan pareja o trabajo o cualquier otra cosa, como si ya lo tienen.

Los días son una experiencia fluida y móvil. Esto para muchos es una fuente constante de malestar. Equivocadamente la gente quiere hacer de los días algo sólido a través de una pareja estable o un trabajo estable. Esa persona, lugar u objeto cumplirían la función de garantía: ¡el camino ya está hecho! Pero mientras estemos vivos no hay persona, trabajo, ni objeto que nos ahorre el tener que inventar cada día.

Es precisamente a quien tiene esas intenciones de ahorro, –aunque la mayoría de las veces la gente no es consciente de que en ellos subyace esa idea-, a quién más le cuesta encontrar y mantener esa pareja o trabajo estable. Porque al final esa pareja o trabajo no les da lo que ellos pensaban, y les lleva a infravalorar lo conseguido. Lo que nos falta no lo tiene nadie.

Lo único estable, constante, seguro, lo único que se repite y es fijo, es que cada día hay que inventarlo. Querer enfrentarse a ese día sin hacer, es la chispa de la vida. Por eso me alegra decirte que no hay un camino hecho, que hay que ir haciéndolo. Hacer de esa falta de garantía un tesoro y no un desastre es lo que nos permite vivir más contentos y satisfechos. Insisto en que es una característica de la vida, que no se puede eliminar con nada.

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Málaga

 

Año nuevo sin propuestas

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Estamos estrenando año y quizá sea usted de esas personas que no está satisfecha con su vida y que anda quejándose casi a diario y además tampoco tiene ninguna propuesta para tomar otro rumbo. Para personas como usted, para poder seguir sufriendo, les dejo esto consejos de Ernesto Maruri:

1.-No te responsabilices de lo tuyo: échale la culpa a los demás y a las circunstancias, y si eso no te vale, cúlpate.
2.-Procura saber nada de esa parte tuya inconsciente que te hace tropezar una y otra vez con la misma piedra. Considéralo un cúmulo de casualidades, no un automatismo sintomático que te impulsa a repetir más allá de la fuerza de voluntad y de los buenos propósitos.
3.-No pienses, actúa. No pienses ni antes ni después de actuar. “Goza”, nada más.
4.-Si el sufrimiento se te va de las manos, ve a que te pongan pastillas en la mano. Ni se te ocurra añadir un tratamiento psicológico en que te plantees qué tienes que ver con lo que te pasa y cómo puedes resolverlo.
5.-Quéjate y quéjate. Quéjate hasta de quejarte tanto. Incluso, quéjate de no quejarte. Sé una queja con piernas que gira sobre sí misma. Harta a los otros, pero no te hartes de hartarte a ti de tanto quejarte.
6.-Come, come, o pasa de una dieta a otra. Compra, compra. Conduce lo más aprisa posible. Bebe para no recordar. Drógate para que te parezca que intensificas tu vida.
7.- Trágate un libro de autoayuda cada semana. Acude a videntes y sanadores que garanticen al 100% la curación (rápida, claro) y que te digan lo que tienes que hacer.
8.-No vivas: sobrevive. Lleva una vida mortecina. No colorees tu vida.
9.-Guíate por lo que los demás deseen y quieran de ti. Tus propios deseos no son legítimos: sométete. ¿Quién va a saber mejor que tú lo que te conviene? Los demás, por supuesto.
10.-Olvida tu historia. Olvida lo que sientes. Olvídate de recordar. Olvídate de ti.
11.-Sé un “cobarde psíquico”: no te enfrentes a los desafíos de tu vida ni te encomiendes la tarea de saber más de lo que te bloquea. No pidas ayuda. No descubras las llaves con que abrirte a la senda de la valentía. Retrocede ante ti. Escóndete de ti. En vez de crecer, ménguate.
12.-Nunca te preguntes el porqué ni el paraqué de tus desdichas. Mantente siempre en tarifa plana mental. Y no la pagues. Apágate: OFF.

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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No haces lo que yo quiero

¿Te has parado a anilizar qué sientes cuando tu pareja, tu hijo, tu madre…no hace lo que tu quieres? Mucha gente se siente mal cuando su ser querido no hace lo que ellos quieren, incluso llegan a pensar que son malas personas.

Quiero compartir esta reflexión con vosotros para que podáis pensar las cosas de otra forma:

«Tus satisfacciones y tus elecciones unas veces me satisfarán y otras me decepcionarán porque no es lo que esperaba. Pero no me decepciona que me decepciones si has tomado la senda de tu deseo«

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Amigos

 

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Como ya he comentado alguna vez, frecuento una cafetería donde en el sobre del azucarillo aparecen citas escritas. Unas me gustan más que otras. Me gustan sobre todo las que me hacen reflexionar, las que despiertan mi curiosidad. También me gustan esas frases que me refrescan cosas sabidas pero caídas en el olvido. La última que he leído dice: “La amistad duplica las alegrías, y divide las angustias por la mitad”. Es de Sir Francis Bacon (1951-1626), filósofo y estadista británico.

Al leer la frase lo primero que me vino a la cabeza fueron las fuentes del sufrimiento humano de las que habla Freud: la fuerza de la naturaleza, cuando se presenta altiva en forma de terremoto, huracán, diluvios; la decadencia del cuerpo, avocado a la desaparición y sometido en muchas ocasiones al dolor; y la relación con los otros.

¿Son ideas contradictorias los beneficios de la amistada de Bacon y el sufrimiento proveniente de las relaciones del que habla Freud? ¿O se puede establecer algún puente? La amistad puede verdaderamente aportar alegría y rebajar la angustia cuando uno ha hecho previamente un recorrido personal que le permite tener una mirada más limpia. Una mirada poco limpia hace que las cosas se vean con un filtro que distorsiona el brillo propio de las cosas.

Es muy bonito ver en terapia cómo los pacientes reconocen, tras un tiempo en tratamiento, que sus relaciones han cambiado: los conflictos se rebajan y también los comederos de cabeza del tipo “mira lo que ha hecho” y “mira lo que ha dicho”; se minimizan las exigencias y el sometimiento, y aparece la tolerancia. Hay personas que sin duda es mejor tenerlas lejos, pero en muchas ocasiones no se logra mantener relaciones fluidas con otras personas valiosas y que apreciamos. Muchos pacientes obtienen ese beneficio: mantener vínculos muy satisfactorios aunque no exista un encaje perfecto entre las dos personas.

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Una coartada perfecta

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Seguro que más de una vez has tenido una coartada: le has dicho a un profesor que tu madre estaba muy enferma y que tenías que cuidarla, y por ese motivo no pudiste entregar el trabajo; le has dicho a tu mujer que estás en una reunión de trabajo y estabas con tu amante; le ha dicho a tu madre que te ibas a estudiar con una amiga y te has ido con tu novio… Nada sorprendente, son coartadas pensadas de forma deliberada para hacer algo, o para excusarse de no haberlo hecho.

El ser humano no siempre es sencillo y hace cosas de las que no se da cuenta, que no quiero decir, sin querer hacerlas. Dicho de otro modo, el ser humano también actúa bajo razones que para él son desconocidas, porque habitan en su inconsciente. Así podemos explicar que muchas veces usemos coartadas de forma no deliberada para no reconocer nuestra implicación en un hecho. Y mientras uno no es consciente de lo que hace, sigue con su vida, sea esta más o menos digna, sin ningún propósito de enmienda.

En consulta tengo oportunidad de destapar coartadas. Por ejemplo, una mujer empieza su tratamiento diciendo que se ha separado porque su hija de 12 años es muy problemática, y eso le llevaba a discutir mucho con su marido. Con psicoanálisis esa mujer ha podido ver que ella y su marido ya discutían antes de que naciera su hija, y que nunca estuvo enamorada de su marido, que se casaron porque se quedó embarazada y su madre le decía que las mujeres de bien no podían ser madres solteras. Si duda una coartada perfecta –la de utilizar a su hija para justificar su separación- y poder echar la culpa a su hija conflictiva y al incomprensivo de su marido, y así no tenía que enfrentarse al modo en que había gestionado su propia vida: ¿por qué mantenía una relación con un hombre con el que siempre discutía? ¿por qué siguió los consejos de su madre?…

Si usted siempre quiere ser inocente, y que su vida siga igual que está, nunca vaya a un psicoanalista. Si va a un psicoanalista corre un alto riesgo de que descubra sus coartadas. Y una vez que eres pillado, ya no hay vuelta atrás.

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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¿Qué hacemos con Paco?

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Paco es un hombre de 40 años que en la actualidad está pasando por un mal momento. No es la primera vez que le pasa. A lo largo de su vida ha ido alternado ciclos de cierto bienestar y ciclos de mucho malestar hasta el punto de desear morirse. Su madre falleció hace 10 años, y tiene un hermano al que hace 1 año diagnosticaron de trastorno bipolar. Paco en la actualidad no tiene pareja, tiene un buen círculo de amigos, un trabajo fijo y una casa. Sus amigos no paran de decirle que no tiene motivos para estar así: “que su hermano está medicado y estable, que tiene muchos amigos que le quieren, que tiene mucha suerte de tener el trabajo que tiene en la época en la que estamos…” Pero ninguna de estas palabras le hacen reaccionar, y Paco está muy decaído. Lleva meses diciendo que no quiere vivir. En este punto me llama un amigo de Paco bastante preocupado y me cuenta que está desesperado, que él apoya mucho a Paco y que hablan todos los días 2 horas, pero que no sirve para nada, y me pregunta: ¿qué podemos hacer por Paco?

Esta situación donde una persona quiere ayudar a otra es muy frecuente. Las personas que quieren ayudar muchas veces se sienten impotentes y desesperadas porque no encuentran modo de hacer reaccionar a esa persona que quieren, y suelen poner en juego su propia estabilidad psíquica.

¿Cómo podemos entender a este tipo de situaciones? Para que nos sirva de orientación, la pregunta no es ¿qué podemos hacer alguien?, sino ¿qué quiere ese alguien por sí mismo? Esa respuesta nos indicará cómo podemos ayudarle. Otra orientación para tener en cuenta es que en cada uno de nosotros se libra una batalla entre las fuerzas del amor y las fuerzas de la destrucción, o como diría Freud entre Eros y Tánatos. Cada uno tiene que elegir con qué bando quiere aliarse, y se pude cambiar de bando. Hay gente que va de manera muy marcada con un bando. Imaginaos a una persona aliada a ultranza con el bando de la destrucción: resultan personas cansinas, a las que casi nada les parece bien, personas que no suelen encontrar algo que les satisfaga, personas a las que nunca les termina de ir bien, personas muy cargantes y pesimistas.

Paco es una persona que a lo largo de su vida ha tenido momentos donde ha estado aliado con la pulsión de vida, y muchos otros momentos ha estado aliado a la pulsión de muerte. Como vemos, es fácil cambiar de bando. Cuando uno vive esta situación de forma inconsciente no deja de ser una víctima de sí mismo. En el momento que uno  decide querer saber algo de por qué se encuentra así y por qué le pasan las cosas, el sentido de la vida puede empezar a cambiar.

Cuando es la persona que ayuda quien intenta todas las formas y busca todas las terapias para que su ser querido cambie, eso tiene un efecto escaso. No digo que no haya casos de este tipo en los que las “personas con malestar” se enganchen en algún momento al cambio, pero es muy difícil. El efecto es distinto si las propuestas de solución parten de uno mismo.

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Siéntate y medita, levántate y actúa

 

Psicoanalista Malaga Mijas Genoveva Navarro

Usted que se siente agobiado, cansado, víctima de la mala suerte, apagado, ¿cree que para sentir la chispa de la vida tiene que hacer grandes cambios? Quizá sí, o quizá no. Es algo que no podemos saber de antemano, los cambios son algo que habrá que aplazar para no ser víctimas de la urgencia, y que sean el resultado de una meditación. Y ahora es cuando se agolpan las preguntas, sí pero… ¿Cómo? ¿Qué? ¿Por dónde se empieza cuando uno siente que las cosas no funcionan? Las prisas y los impulsos no suelen ser muy buenos consejeros. Y para algo que lleva tiempo estropeado, hay que tomarse un tiempo necesario para mejorarlo. Cuando los cambios se quieren hacer por fuerza, con lo primero que nos encontramos es que nos da mucha pereza hacerlos. Además los resultados suelen ser muy pobres porque aunque al principio supongan un aporte de frescor, luego se esfuman y volvemos a respirar el mismo ambiente cargado de siempre.

¿Entonces qué? Antes de trabajar la realidad exterior, le propongo que trabaje su realidad interior: de que están hechos sus miedos, cuales son los mimbres de los que están hechos sus sentimientos y emociones, de que calidad es el cristal con el que mira la vida. A eso llamo meditar. Al  pie de una escultura de cobre, reproducción del diván de Freud, que hay en la casa museo de Pribor en la República Checa, esta escrita la frase: “siéntate y medita, levántate y actúa”.

Así que de momento no hace falta separarse, ni cambiar de ciudad, ni dejar el trabajo. Más adelante cuando usted haya hecho cierto trabajo sobre su propia historia tendrá nuevas herramientas para manejarse con la vida. Y es probable que lo que antes le parecía tan malo ya no lo vea así. O quizá vea con claridad que hay que romper con eso que tanto le molesta. Pero la diferencia es que ahora es algo fluido, y fruto de algo sensato que sigue la lógica de su deseo, y no algo impuesto, forzado y precipitado por la desesperación. El psicoanálisis es un camino posible para vivir la vida con otra dignidad.

 

Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Mi hijo tiene un problema

Psicoanalista Malaga Mijas Genoveva Navarro

Muchas madres llegan a consulta preocupadas porque consideran que su hijo tiene un problema. Y en la mayoría de esos casos esas madres hacen referencia a que tienen otro hijo pero que es muy diferente.

¿Qué hace diferentes a hermanos criados de la misma forma? La existencia de un niño es previa a su nacimiento: la forma de ser concebido, qué se espera de ese niño antes de nacer, qué papel viene a cumplir en el deseo de los padres. Además existen mitos familiares, la actitud de los padres frente a los retos de la vida, su situación social, económica, sus ideales… Tanto la forma en que hacemos preexistir a un hijo como el estilo de los padres, conforman los mimbres de un nido al que el niño le va dando su propio sentido particular, formando así su vida afectiva. Esto es lo que le hace ser único.

En la formación y mantenimiento de un síntoma influyen la situación de los padres, el tipo de educación, y la genética. Pero a eso hay que sumar la propia elección de ese niño: cómo ha respondido a los acontecimientos que conforman su nido. Teniendo en cuenta este último factor, para que un tratamiento sea eficaz no sólo puede tratarse de fármacos o reeducación. Además hay que tener en cuenta al propio niño: “No son los otros –padres, maestros, psicólogos, médicos- los que deben responder con su saber sobre lo que le ocurre al niño tomándolo como un objeto. Es el propio niño quien debe elaborar su propia respuesta, y en lo posible reconocer qué tiene él que ver con todo lo que le está pasando. De esta forma podrá hacerse responsable, de acuerdo con su edad, de sus problemas y de lo que hace para solucionarlos. A este proceso Freud lo llamó educación para la realidad”.

Es cierto que a veces hay que recurrir a los fármacos pero no como forma de curar el síntoma, sino como medio para que el sujeto pueda hacer un trabajo personal sobre lo que le ocurre. No debemos olvidar que el sufrimiento o la angustia pueden ser a veces tan insoportables que el sujeto se sienta impulsado a realizar actos desesperados que ponen en peligro su integridad o la de los otros, o también pueden dejarlo en un estado de parálisis subjetiva que le impida realizar los actos más elementales.

¿Cuándo sería recomendable llevar a un niño a un psicoanalista? La infancia es una etapa de la vida que está marcada por la aparición de ciertos problemas: inhibiciones, episodios de angustia, fobias, trastornos del sueño. Estas situaciones no deben ser consideradas como signos de una patología sino como “signos” del progreso personal del niño en su recorrido por la vida. Podemos considerar pertinente un tratamiento cuando el sufrimiento sintomático se impone de forma permanente y repetitiva impidiendo al niño hacer las cosas propias de su edad: jugar, tener amigos, manifestar su amor, aprender, asumir normas, soportar las limitaciones que impone la vida, cuidarse o satisfacer de forma regulada sus necesidades básicas: alimentación, sueño, control de esfínteres…

¿Qué se puede esperar del tratamiento psicoanalítico con un niño? No se trata de moralizar ni educar, aunque hay veces que el psicoanalista aconseja, propone pautas, apoya determinadas iniciativas o frena otras. La finalidad es que el niño pueda asumir su responsabilidad en lo que le ocurre y actuar en consecuencia, dejándole la responsabilidad de decidir sobre lo que es su bien de acuerdo con su deseo. No es una cura basada en la asunción de un ideal sino en la asunción de un deseo.

*Texto extraído de un documento de difusión elaborado por un grupo de psicoanalistas de la ELP

 

Genoveva Navarro
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Ahora está, ahora no está

Psicoanalista Malaga Mijas Genoveva Navarro

Ahora está, y de repente ahora ya no está. No hablo del divertido juego del “cucú tras” si no de algo más trágico como es la muerte. Ahora está, y de repente ahora ya no está, así de rápida e inoportuna llega siempre la muerte. La muerte es una de las reglas del juego de la vida. Es más, se da la vida a condición de morir. Y ni que decir tiene que toda muerte causa dolor, toda muerte es injusta, y ninguna muerte llega en buen momento.

¿De qué depende el dolor que sentimos ante la muerte de otro? Intervienen muchos factores. Por un lado el amor y el parentesco que se le procesa al difunto. Aunque si nos paramos a pensar más detenidamente también hay quien se conmueve por el fallecimiento de alguien que es casi desconocido, o por la muerte de algún famoso. Por otro lado también está el factor de la edad. Hay para quién la muerte de un joven es mucho más dolorosa que la de un adulto. Pero una vez más, si nos paramos a pensar, todos hemos visto como hay padres que ante la muerte de algún hijo consiguen vivir dignamente, y cómo personas adultas que pierden a sus padres no salen jamás de la grisura en la que han caído. La forma de morir parece que también es un factor, hay para quién morir de forma inesperada causa más dolor en los familiares, que si la muerte es esperada a causa de una enfermedad.

Como podemos observar no hay un criterio único para saber que forma de morir provoca más dolor. Está claro entonces que en esa vivencia de dolor interviene un factor subjetivo relacionado con las propias experiencias.

Cuando una persona está en armonía con su vida, la muerte de alguien causa el dolor justo. Pero en muchas ocasiones se puede observar un dolor excesivo, un dolor que excede la pena y el sufrimiento que causa la pérdida de un ser amado. ¿Qué está pasando ahí? Muchas veces la muerte de alguien hace diana en alguna fragilidad de esa persona. Podríamos decir que en esa persona existe alguna herida y el fallecimiento viene a infectar esa herida que ya existía.

Esas heridas preexistentes a esa muerte pueden ser de muy diversa índole. Y no sólo pueden ser muy variadas, sino que pueden vivir en nosotros de forma latente como un virus no desencadenado. Por ejemplo cuestiones no resueltas sobre nuestra propia existencia, quienes somos, qué hacemos aquí, qué esperamos de la vida, cómo queremos vivir la vida.

Por esta razón, para algunas personas la muerte de alguien les supone un punto de inflexión, ven que pasado un tiempo de recuperación, sus vidas y su ánimo no cobran fuerza, se plantean que algo está pasando y que es el momento de pedir ayuda.

 

Genoveva Navarro
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Haciendo zoom

Genoveva Navarro psicologa psicoanalista malaga

Quiero compartir una experiencia, que seguro que muchos de vosotros también la habéis vivido. Me pongo a buscar en Google maps una calle que no sé dónde está. La encuentra pero me quedo igual porque sigo sin saber dónde está. Entonces recurro a la herramienta zoom, para que el mapa se haga más pequeño, y así poder tener más referencias de los lugares anexos. Ahora sé a que barriada pertenece esa calle, pero sigo sin hacerme una idea de por dónde está esa calle. Vuelvo a recurrir al zoom para alejar, ahora sí, aparecen más puntos de referencia que me permiten ubicar más o menos esa calle en concreto.

Pues algo así es lo que ocurre con ciertas emociones que nos embargan. Se hace necesario tomar perspectiva para saber dónde estamos, qué está pasando, y qué podemos hacer. Porque si uno permanece muy cerca anda desorientado.

Os voy a contar la experiencia de Lorena. Tiene 43 años, y lleva en análisis 3 años. Ella solía hablar mucho de las discusiones que tenía con su marido, que si Vicente no se acuerda nunca de llamarme, que si Vicente nada más mira por él y no cae en servirme a mí la comida, cómo Vicente sabiendo lo que me gusta siempre hace lo que no me gusta…es que no sabe tratarme, y yo se lo explico pero no lo entiende, y al final él se enfada porque dice que yo siempre estoy con la escopeta cargada, y yo me enfurezco, y al final acabamos siempre mal.

Cuando Lorena empezó su análisis se quedaba solamente en la descripción de la situación, responsabilizaba a su marido, y se lamentaba del profundo dolor que todo esto le causaba. En el transcurso de las sesiones ella iba reconociendo su parte de implicación y decisión en las cosas que le ocurrían, se hacía consciente de su propia historia porque aunque ella era la protagonista de su vida había cosas que ella nunca había reparado en ello. Todo esto le iba permitiendo acotar sus emociones.

En otro momento posterior del análisis contó una de esas situaciones con su marido, pero ahora el relato era de otra forma: “estábamos desayunando y mi marido se terminó las últimas galletas sin decirme si quería, eso despertó en mí un sentimiento horrible de despreció que me enloqueció. Yo sé que la culpa no era de él, y que no se trataba del hecho en sí, lo que me enfurecía era el despertar de ese sentimiento que habitaba en mí”. ¿Se dan cuenta entre como contaba Lorena al principio las cosas, y como las puede contar ahora? Lorena ha podido separar ese sentimiento de los hechos, porque cuando el sentimiento está muy pegado a los hechos, no se diferencia nada y uno cree que lo que siente es por lo que está pasando. Como cuando uno esta dentro de una calle desconocida y no sabe con qué colinda. Lorena pudo averiguar el origen de ese sentimiento que venía de muy antiguo. El trabajo en análisis, entre otras cosas le ha permitido hacer ese zoom que le da otra perspectiva para ubicarse y hacer otro tipo de maniobras. Y claro, así la misma vida es otra.

 

Genoveva Navarro
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