May 11, 2014
Se ha celebrado el 25 aniversario de mi promoción de la carrera. Me gusta mucho acudir a ese tipo de eventos, donde me puedo encontrar con personas que en algún momento formaron parte de mi vida y de las que hace mucho tiempo no he sabido nada. Me gusta acudir no por la diversión, la juerga o el colocón, sino por ver qué ha hecho cada uno con su vida.
En la celebración me encontré después de muchos años sin saber de ella, a Laura. Seguía igual. No físicamente, que está mejor que antaño, está más delgada y ha sabido dar con un corte de pelo con estilo y favorecedor. En otro sentido, sigue llegando tarde, sigue poniendo excusas para mantener el deseo a raya y no verlo cumplido nunca. Se queja de lo mismo que en aquella época: de lo difícil que es encontrar pareja, y de la mala suerte que tiene con los hombres. Los allí reunidos le deban consejos y la compadecían. Yo después de 25 años no le decía nada, a ella no le sirve ninguna propuesta, a todas les pone pega, además ¿es que 25 años no son suficientes para haber hecho algo satisfactorio con la vida?
También estaba Mónica, que desde que íbamos juntas al colegio, ha estado encadenando dolores y enfermedades y toda su existencia gira entorno a eso. Y no ha podido hacer existir nada más en su vida. También estaba Jorge que sigue mal de los nervios porque no sabe qué hacer con su mujer, que es irrespetuosa, controladora, dictadora, irritable, y muy gastosa.
Pero en las reuniones también hay ese tipo de personas que yo llamo triunfadoras. Triunfadoras no porque sean ricos, tengan un buen coche, un chalé con jardín, dos niños y un perro. Me parecen triunfadoras porque han sabido hacer algo digno con sus vidas. Estaba Fátima que fue capaz de dejar a su novio con el que se iba a casar porque en el último momento se dio cuenta de que a ese hombre le gustaba mucho la fiesta y que nunca iba a cambiar, y eso a ella le hacía infeliz. O Sergio, que dejó su trabajo fijo, aún a pesar de no contar con el apoyo de su familia, porque vio que podía ganarse la vida de otra forma menos convencional pero más de su agrado.
¿Tú te sientes a gusto con tu vida? ¿Tienes muchos altibajos y crees que es cosa de la mala suerte? Si estás cansado de tener malas rachas, y crees que puedes hacer algo con tu vida pero no sabes el que, el psicoanálisis te brinda una oportunidad.
Escrito por Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 605 963 410
Abr 30, 2014
A lo largo de la historia al cine, entre otras cosas, le ha interesado reflejar distintos aspectos del funcionamiento humano. Un ejemplo de ello es la película “Mejor…imposible”, una comedia de 1997. Su protagonista Melvin Udall, representado por Jack Nicholson, es un obsesivo y presenta muchos rituales: cerrar varias veces la puerta, lavarse las manos siempre con una pastilla de jabón nueva, no pisar las rallas del suelo, comer siempre en el mismo restaurante y en la misma mesa… pero esta es la parte más conductual y visible. Cualquiera mandaría al psicólogo a un tipo así, ¿verdad? El personaje también presenta otras dificultades más sutiles: agresividad constante al comunicarse, usa sarcasmos molestos, se muestra como una personas solitaria y que no le interesa mantener relaciones, no escucha a los demás, es intransigente…¿si sólo tuviésemos en cuenta esta forma de relacionarse, sería más difícil recomendar que fuese al psicólogo, verdad?
Mejor…Imposible es una película, y nos muestra con gracia una serie de rasgos de la obsesión. Clínicamente la neurosis obsesiva cuenta con un repertorio mayor de síntomas. No todas las personas que tienen obsesión presentan todos los síntomas, ni con la misma intensidad. Es más, algunas personas sólo muestran algunos síntomas discretos pero que son condición suficiente para tener una vida poco satisfactoria y peculiar. Tal vez usted no se lave las manos incansablemente o no compruebe si ha cerrado infinitas veces la puerta, pero puede que usted sea refunfuñón, que sólo consiga hacer las cosas a regañadientes, que no se pueda alegrar abiertamente de nada, que tiña de asco y desprecio aquello que le gusta.
En el territorio del amor se puede ver con mucha claridad lo que puede llegar a experimentar una persona obsesiva. Por ejemplo un hombre que le encanta su novia pero un día le molesta un lunar que tiene en la cara, la chica tuvo el lunar siempre, y al chico nunca le había importado, pero ahora se le hace inaguantable, tan insoportable como para dejar a la chica. O por ejemplo ese hombre que siempre se enamora de mujeres casadas, mujeres que no le quieren, mujeres que tienen tendencias complicadas, o mujeres que viven lejos.
La obsesión existía antes de “Mejor…imposible”, sigue existiendo en 2014, y existirá siempre. Pero estar mejor, es posible.
Escrito por Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 605 963 410
Abr 23, 2014
Para el ser humano nada está fijado en un código de instintos. Los animales no se tienen que plantear cuándo tienen que tener relaciones sexuales, tampoco reflexionan si dichas relaciones les han gustado o no, o si el otro ha disfrutado. Los animales tampoco comen por placer ni para celebrar nada. Y los animales tampoco se cuestionan si es el momento de ser padres o no, si quieren o no quieren. Los animales no tienen que tomar decisiones. Para nosotros, los seres humanos entran en juego el deseo y las decisiones.
Se puede tomar la decisión de tener un hijo pero no tener el deseo, si no ¿cómo se podría explicar que haya parejas que sin tener problemas físicos no puedan concebir un hijo? Y se puede desear tener un hijo sin haberlo decidido o sin tener una gran explicación para ello.
Frente a la maternidad o la paternidad, nos encontramos con una amplia variedad de situaciones y emociones. Hay mujeres que quieren justificar su deseo de ser madres diciendo que tienen mucho instinto, o al revés, en lugar de decir que no quieren un hijo queda más suavizado, incluso aceptado socialmente si dicen “no tengo un hijo porque no tengo instinto maternal”. No hay muchas parejas que tengan un hijo sencillamente porque sí, con esa única justificación. Lo hacen por otras razones: para salvar la relación, para contentar a la pareja, por presión social…
Una dificultad humana es que la relación que tenemos con el deseo no siempre es directa y lógica del tipo: lo quiero, lo consigo y soy feliz. Cada uno tiene una forma particular de relacionarse con el deseo: se puede esquivar el deseo porque para conseguirlo uno tiene que manifestarse, apostar y arriesgar; se puede mantener el deseo insatisfecho para así tener siempre algo que alcanzar; puede entrar pánico en el momento de conseguirlo por si eso no era lo que uno realmente quería…
Además del deseo hay otros factores en juego, una del lado del ser –ser madre-, y otra del lado del tener –tener un hijo. Como podemos ver, hay razones suficientes para entender que abordar la maternidad o la paternidad no es algo sencillo.
Escrito por Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Abr 14, 2014
He tardado 41 años en saberlo. Las cosas podrían haber sido de otra forma, pero han sido como han sido. Nuestra relación puede decirse que era buena. Salíamos de compras. Si no podíamos vernos un día nos llamábamos y hablábamos de nuestras cosas. Nos hacíamos favores. Y a veces también discutíamos, porque ya se sabe, todos somos raros. En realidad yo me enfadaba mucho cuando la diferencia que existía entre nosotras se hacía evidente, no puedo negarlo. A mí me gustaba más cuando parecíamos casi idénticas. Tengo que decir también que había algo de lo que nunca se hablaba y no sé explicar por qué, ¿habría preferido yo que hubiese sido diferente? No lo sé. Claro, que esto puedo decirlo ahora que tengo 41 años. Antes más que saber cómo eran las cosas, las vivía, a veces con alegría, a veces con un sufrimiento desconcertante.
Ropa interior nueva. Ropa que sin ser sexy era cuidadosamente elegida para resaltar el color de sus ojos. Era capaz de olvidar mi cumpleaños, y también era capaz de no venir al cumpleaños de mi única hija. Se pasaban los días y no se acordaba de llamar. También, ahora cuando la llamo y escucho su voz, suena más melódica. Más entradas y salidas. Cuchicheos. ¿Qué más necesitaba para saber que algo estaba pasando? Mi madre, también era una mujer.
Yo que nunca había visto un centímetro de más de la piel de mi madre. Yo que no me permitía pensar si mis padres además de padres eran pareja, entre otras cosas porque ellos no dejaban caer ni la más mínima caricia. Cómo he podido vivir 41 años sin saber que mi madre ya era una mujer antes de que yo naciera, y que seguía siendo una mujer.
Ese descubrimiento no es cualquier cosa. Ahora la vida tiene otro color distinto al de un agujero negro enigmático. Por ahora no sé qué hacer con este descubrimiento, ¿me tiene que dar igual? ¿Me tiene que dar alegría? ¿Me tiene que parecer extraño? ¿Sería todo más fácil si mi madre siguiese siendo sólo una madre?
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 951 91 81 21
Málaga
Abr 8, 2014
Primavera, otra vez. Festival de cine de Málaga, otra vez. Este año me he encontrado con el documental de Buenafuente “El culo del mundo”. Y lo cierto es que me ha sorprendido en varios aspectos. No es exactamente un documental sobre la vida de Buenafuente, aunque veladamente se transmite algo de su vida más íntima.
El documental deja ver como detrás de un programa con éxito hay mucho trabajo. No es llegar y triunfar: se barajan distintas ideas, se apuesta por una, se le da forma, se hace una prueba para ver la estética del programa y para ver si los protagonistas se sienten cómodos…y si no funciona…volver a empezar con ideas nuevas. El fin es tener un programa en televisión poniendo para ello el trabajo y la insistencia que haga falta, ¿no les parece algo interesante para poner en práctica para sus vidas? Mucho trabajo, ¿cómo explicar tanta dedicación y esfuerzo? “¿por qué lo haces Buenafuente?” Porque me gusta, responde. Las cosas no se hacen sólo porque den dinero, porque sean fáciles, o por necesidad, hay cosas que se hacen porque nos gustan, porque nos hacen sentir bien, porque nos dan vida.
El documental no trata de la vida privada de Buenafuente, pero su compañero Berto nos repite unas palabras suyas: “¿tengo un hijo?¿no tengo un hijo?¡cómo voy a tener un hijo si los humoristas no tienen hijos!”. Es curioso el comportamiento que tenemos la mayoría de los seres humano, querer encasillarnos y cumplir los patrones de esa etiqueta: los humoristas no tienen hijos, los hombres maduros tienen que ir en un buen coche, con cuarenta años hay que tener un trabajo formal y clásico… ¿Por qué tenemos esta tendencia? Para no tener que pararnos a pensar qué queremos y cómo queremos vivir nuestra vida. Porque es más fácil cuando sólo hay que cumplir con unos estándares, en principio al ser humano le resulta más cómodo que le indiquen cómo y cuándo tiene que hacer las cosas. Pero luego vemos cómo esta tendencia humana hace aguas.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Málaga
Mar 21, 2014
¿Alguna vez su médico le ha dicho que su problema no tiene solución? ¿Su fisioterapeuta le ha dicho que ya no le puede ayudar y que tiene que dejar de tratarlo? ¿Su psicólogo le ha dicho que el tratamiento que le puede ofrecer no es adecuado para usted? Esta situación es extensible a todas las profesiones, toparse con un límite, con algo imposible, no es sólo una cuestión de las profesiones sanitarias sino de todas: la enseñanza, el arte, la construcción, la administración… lo que sucede es que en las profesiones sanitarias está implicado el cuerpo, nuestro propio el cuerpo, nuestro vehículo para existir, y eso no es cualquier cosa.
Los profesionales tienen que saber cuando decir no: por la falta de conocimiento, porque es complicado abarcar todas las especialidades; por las limitaciones de la propia práctica, que no es una fórmula con garantías para todos los problemas; o por otros motivos. Pero, ¿por qué hay profesionales que no pueden decir no? Porque de verdad creen que pueden con todo o porque se les impone la idea de que tienen que poder con todo; porque se creen que así le hacen un favor al paciente; porque se apodera de ellos la vergüenza y temen quedar mal si reconocen que no pueden o no saben.
Profesionales y pacientes tenemos que saber que no hay doctor ni ciencia todopoderosa. Que el profesional pueda decir y diga, en un momento dado, no, es una actitud que reporta un doble beneficio. Por un lado para el propio profesional que verá rebajado el nivel de exigencia de tener que ser omnipotente. Y por otro lado también reporta beneficio al paciente, que sentirá como el profesional le atiende con toda honestidad, lo cual añade calidad y excelencia, ¿o esto no es un beneficio para el paciente? ¿Cómo llevaría usted que le digan no, no se puede? Puede que le sea intolerable, o quizá despertaría en usted una mezcla de sentimientos contrariados. Indignación por pensar que el profesional que le trata es un incompetente. O alegría porque percibe que no le están engañando. O pena por experimentar que existe la imposibilidad.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga
Mar 14, 2014
“¿Quieres ser feliz o tener la razón?”, una frase que en principio puede parecer graciosa y anecdótica, perfectamente podría pasar por una frase de autoayuda. Si así fuese, pareciera que para quien pueda renunciar a tener razón está garantizada cierta tranquilidad. Sin embargo esto que parece un precepto sencillo mucha gente no puede cumplirlo. O tal vez puedan cumplirlo temporalmente con un considerable esfuerzo, pero luego no pueden cumplirlo ni con esfuerzo, y más tarde esto cae en el olvido.
¿Con qué obstáculos nos encontramos? Considerar la razón como un tesoro, y hallar un placer en la discusión. Para que esa frase nos resulte una herramienta útil, primero hay que poder pensar qué es lo que está en juego para cada uno de nosotros al tratar de que se reconozca nuestra razón. Para algunos es una cuestión de éxito, otros creen que si no les dan la razón no les quieren, o les están infravalorando y considerándoles tontos, otros creen que se están sometiendo. A este desciframiento de lo que para cada uno es la razón, hay que añadir que dejar que los demás tengan su razón es aceptar que hay muchas maneras de ver las cosas. Pero hay a quien le horrorizar aceptar esta diferencia, porque remite a cierta soledad.
Por otro lado nos encontramos con gente que precisamente encuentra satisfacción en la discusión, en apabullar al otro, en enzarzarse, en lo violento, en lo desagradable. Para ellos cualquier ocasión es buena para dar salida a esta pasión oscura y comprometida. Hay que cuidarse de no caer en las redes de quien tiene estos gustos.
¿Por qué un precepto en apariencia simple, “si renuncio a tener la razón puedo ser feliz”, no puedo aplicarlo? Porque primero hay que ver el sentido que esas palabras juegan en mi propia historia, y segundo hay que averiguar con qué tendencias me satisfago: si en mí gana la energía a favor de la vida o a favor de la destrucción. Así, con el camino despejado, sí se puede vivir la vida de otra forma.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Málaga
Mar 7, 2014
Un niño llora y se abraza a su madre al ver una cara extraña. Un agricultor se niega a comprar una guadaña si no lleva la marca de fábrica familiar. ¿Qué tienen en común estas escenas? A bote pronto podríamos decir que nada. En los dos casos se trata de un displacer. El niño da muestra de ello con una expresión elemental: el lloro. Para el agricultor el displacer se traduce en una decisión: sólo puede comprar un tipo de guadaña. ¿Pero un displacer por qué? Por el esfuerzo que lo nuevo exige a la vida anímica. Lo nuevo conlleva cierta inseguridad que puede convertirse incluso en algo angustiante, en un desgaste psíquico.
Para prevenirnos de lo nuevo somos capaces de desplegar distintas defensas. Pueden llegar a ser tan eficaces, que inmovilicen a la persona. Pero el coste de tan alta defensa es caro, cuanto menos una vida gris. ¡Cuántas veces ha animado a alguien querido a cambiar su vida y le ha resultado imposible! Se alegan muchas justificaciones distintas con tal de poder seguir haciendo lo mismo de siempre. Incluso hay quien critica con furia y desprecio lo nuevo sin conocerlo. Se rechaza de entrada todo lo nuevo para proteger lo ya conocido, pero lo que está en juego no está en la dialéctica malo-bueno, sino que es del orden de lo seguro-inseguro: me quedo con lo malo porque ahí se cómo desenvolverme, aunque sea malo.
Lo único que fue seguro alguna vez, es esa relación de dependencia que tuvimos con la madre, dónde éramos colmados al menor indicio, relación que pasará al recuerdo como algo idílico e irrepetible. Una vez que se rompe esa célula madre-hijo se abandona esa certidumbre y ya todo es incertidumbre, que no hay que asociarlo a ningún sentido negativo, no es un drama, no es una impotencia. Es así.
Abocados al devenir cronológico, y empujados por una fuerza vital sin nuestro permiso, no nos queda más que desarrollar un gusto por lo nuevo y lo imprevisto. ¡Estamos vivos! Hagamos todo lo que haga falta para tener una buena experiencia vital.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga
Feb 23, 2014
La expresión original del título es “que cada palo aguante su vela”. Es una expresión del mundo marinero. Donde “palo” se refiere al madero que se encuentra en las embarcaciones y sostiene las velas, y que debe resistir los envites del viento sin ayuda alguna.
El dicho hace referencia a que cada cual debe asumir sus compromisos y resolver sus propios problemas. ¿Qué vientos soplan? Resulta muy interesante que podamos diferenciar entre las cuestiones de la vida cotidiana, y las cuestiones de nuestra propia existencia. Porque es más sencillo navegar con las de la vida cotidiana: el trabajo, las relaciones personales, el dinero, los incidentes… En cambio, las cuestiones existenciales forman más turbulencias, porque incluso uno mismo no es consciente de estos asuntos no resueltos. Por ejemplo el arreglárselas con la muerte, aceptar que cada uno de nosotros somos diferentes y que eso implica cierta soledad, saber qué es amar, saber quién es uno, arreglárselas con los impulsos y ganarle la partida a la pulsión de muerte, etc. Si un sujeto puede analizar ciertas cuestiones de la existencia, puede tener otra comprensión de sus avatares cotidianos, y esto se puede conseguir gracias al proceso terapéutico.
Hay gente que quiere que su vela la sostenga otro, esta es una mala opción, pero la gente insiste, no paran de demandar a sus padres, a sus parejas, a sus jefes, a la sociedad, y esas respuestas siempre son insuficientes, se ofuscan y dicen cosas como: nadie me entiende, la gente es egoísta, fulanito es muy malo, estoy solo, tengo mala suerte. También hay gente que quiere aguantar la vela de otros. Esto tampoco es buena opción, pero nos encontramos con hijos que quieren sostener la vida anímica de sus padres, o mujeres que se creen la vela de sus maridos. Dos opciones que tienen como consecuencia una vida dolorosa, triste, apagada, y sobrecargada. Que cada uno aguante su vela. El psicoanálisis nos da herramientas para ir virando la vela y hacer el viaje más placentero.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga
Feb 15, 2014
Alicia es una niña encantadora, se muestra responsable frente a sus estudios y sus objetos personales, es sociable, alegre, y participa muy activamente de la vida. Tiene seis años. Su madre, y ella misma, muestran preocupación porque desde hace un año, se despierta a media noche y luego le cuesta conciliar el sueño. Le sucede también que en ciertas situaciones, todas ellas distintas y sin ningún nexo de unión, le entran agobios y se pone a llorar. Su madre pregunta ¿qué le pasa a Alicia si todo marcha bien y está bien encaminada? Recopilando datos de su historia familiar, descubrimos que hace un año nació su hermano Rodrigo.
Los cambios que se producen ante la llegada de un hermano pueden ser muy variados: agresividad hacia los padres o hacia el hermanito en modo pellizcos, golpecitos o achuchones excesivos; conductas regresivas; malestar físico. A veces no se percibe ningún cambio significativo, sin embargo aparecen comportamientos inexplicables que los padres no saben a qué atribuir.
Cuando nace un hijo, los celos pueden aparecer en cualquier miembro de la familia, y puede disparar cuestionamientos tanto en los padres como en el niño, que se traducen en miedos y preocupaciones. Imagínense la dificultad de un niño para gestionar esto, cuando muchos adultos ni si quiera pueden. Además, el niño necesita el amor de sus padres para sobrevivir y teme perderlo, por eso surgen los celos. Esta situación ya ocurrió cuando no existía ningún hermano, cuando el niño descubrió que a mamá le gustaba hacer otras cosas además de estar con él.
Los celos es conveniente no negarlos ni prohibirlos, ¿entonces que? El niño tiene que poder expresar su protesta, hay que comprenderlo y tratar de atenuarlo. Conforme el niño encuentre su lugar dentro de la nueva familia, las manifestaciones de los celos irán desapareciendo, pero para eso hay que darle ese lugar.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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