Ene 30, 2014
Ayer leía un artículo que se titula: cómo elegir pareja para toda la vida. Tengo que reconocerlo, el título me despertaba mucha curiosidad, porque el amor es un tema que me apasiona, porque por un lado entiendo que es parte de la esencia de la vida. Y por otro lado, porque desconozco cómo se elige pareja para toda la vida. En el texto se descubren cinco claves básicas que a groso modo dicen: no dejarse llevar solo por la apariencia; encontrar una persona segura, valiente, con un buen autoconcepto, y que disfrute aprendiendo; que sepa expresar, sentir, comunicar, y reír; elegir una persona con gustos propios y también que comparta tus aficiones; que tenga tolerancia.
¿Sólo dos personas que reúnan esas características tienen garantizado el amor para toda la vida? Todos conocemos parejas que no podríamos explicarnos qué hacen juntos, y sin embargo mantienen una relación estable, feliz, y duradera. Un hombre enamorado de una mujer fantasma, digo lo de fantasma por el silencio, el sigilo, y la escasa presencia. Una mujer enamorada de un hombre pusilánime y de gustos excéntricos. La realidad nos da constantes muestra de que el amor no está bajo control y no responde a ninguna lógica consciente. Lo ilustran muy bien las siguientes palabras de Julio Cortázar: “Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiera elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque la aman, yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto.”
Aventúrense a amar, porque como dice Milena Angus, “en el fondo, a fin de cuentas, en el amor me parece que hay que encomendarse a la magia: en estas cosas no es que se pueda encontrar una regla por la que guiarse para que salgan bien, como por ejemplo unos Mandamientos”.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 951 91 81 21
Málaga
Ene 26, 2014
¿Basta para vivir, tener sólo buenas intenciones? ¿Cuántos propósitos e ideas tienes para vivir la vida como quieres y no se materializan en nada? Todo el mundo lo sabe, para tener otra vida no basta quedarse en buenas intenciones.
Por ejemplo: si me dices que me quieres mucho, pero apenas hablamos, casi no nos divertimos, me regalas pocas miradas, ¿basta sólo la intención de quererme? Otro ejemplo: dices que quieres perder peso por estética y por salud, y cada lunes lo intentas, pero cualquier acontecimiento –triste o alegre- te sirve de excusa para comer lo que te apetece, llevas una vida sedentaria y te interesa poco la comida sana, ¿basta sólo la intención de adelgazar? Un ejemplo más: cada vez que te encuentras a Maite por casualidad le dices “a ver si te llamo y hablamos”. Llevas un mes queriendo llamarle, pero por una cosa o por otra no lo haces. ¿Basta para conservar una amistad y disfrutar, la intención de llamar? Otro ejemplo más: dices que quieres ser más ordenado pero un día tienes mucho trabajo, otro día estás cansado, otro día te han llamado…
¿Cuántas acciones has hecho para conseguir lo que quieres? La respuesta es una brújula perfecta para saber a qué estamos jugando con nuestra vida. Si eres sólo de palabras y tus intenciones no se traducen en consecuencias, entonces tienes que preguntarte qué pasa.
¿Qué intercede entre la intención y las consecuencias? ¿Qué pasa con las personas que tienen unas buenísimas intenciones y cero consecuencias en la realidad? Que su intención está en otra parte. No siempre es que no deseen eso que dicen querer, sino que su verdadera intención va por seguir insatisfechos, incómodos, quejosos, alimentando cierto malestar.
¿Qué quieres? ¿Cómo quieres conseguirlo? ¿A quién quieres pedir ayuda? Traza un plan, ponle fecha, y no lo dejes sólo en manos de Dios. Tendrás que lidiar con la incertidumbre, pero correr ese riesgo es más satisfactorio que quedarse esperando. “Quien quiere hacer algo encuentra un medio; quien no quiere hacer nada encuentra una excusa”.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga
Ene 19, 2014
Hay cosas que usted lleva haciendo toda la vida: ordenar de un modo concreto, el modo en cómo se relaciona con las personas y con su familia, el modo de gestionar la economía familiar, la forma de expresar un desacuerdo, o el modo de festejar o no festejar las alegrías. Algunas de esas cosas sabe por qué las hace, pero otras no. Es más, hay cosas que ni siquiera es consciente de que las hace.
“-¿De modo que no se le ocurrió comprar botines? Insistió Haffner. -Realmente, ahora que usted me lo hace observar, me parece curioso a mí también”. Este es un fragmento de la novela “los siete locos”. Después de que Haffner le hiciera esa observación a Erdosain, éste ya puede elegir comprarse unos botines o no. Podríamos decir que ahora Erdosain es más libre, y tiene más puntos de vista. Esto es sólo un ejemplo, pero en nuestra vida se van repitiendo hechos que vamos viviendo como algo que no tiene importancia y se torna cotidiano, y no se le da valor. Alguna de esas cosas que repetimos son desafortunadas y otras son verdaderas joyas enterradas.
En el ejemplo de esa novela, esta es una especie de revelación que ha ocurrido de forma casual, y nos puede ocurrir a cualquiera de nosotros. No todos tenemos la delicadeza para captar esas apreciaciones. Una respuesta común y vacía a este tipo de revelaciones es: “yo soy así, que le voy hacer”, “yo siempre lo he hecho así”.
Si piensa que su vida podría ser de otra forma, no espere a revelaciones casuales. Pida ayuda porque este es uno de los procesos que tiene lugar en el marco de la terapia: el terapeuta le hace observar al paciente formas de pensar, de actuar, de sentir, que el paciente no se había parado a reconocer. A partir de ahí las cosas pueden ser distintas para ese sujeto. Como ven, el cambio que se produce con la terapia, no es porque “te coman la cabeza”, sino entre otras herramientas, por estas revelaciones que tienen un efecto de verdad sobre el sujeto.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Málaga
Ene 15, 2014
Ana acude a terapia porque tiene problemas de ansiedad. De repente un día le dio el primer ataque pero pensó que sería algo aislado. Sin embargo estos ataques se han ido repitiendo y cada vez con más frecuencia. “¿Qué ha pasado en tu vida?”, le pregunté. Nada nuevo. Y seguía relatando minuciosamente su dolor. Ya al final de la sesión, ella lo fue vinculando a su relación de pareja.
Ana describe a Fran como un hombre de su casa, trabajador, educado, atento y cariñoso. Pero ella ha observado que sus compañeros de trabajo mantienen otro tipo de relaciones de pareja más activas. Esto le ha hecho plantearse que Fran es demasiado aburrido, que no tiene iniciativa y que no le aporta ninguna inquietud como podría ser viajar o hacer deporte. Ana se pregunta cómo va dejar a un hombre tan bueno, y sólo de pensarlo le entra ansiedad, angustia, culpa, y entonces empieza todo un diálogo interno para convencerse de que todavía quiere a su marido. A todo esto Fran le dice que todo se arreglaría si ella dejara sus clases de baile, y se centraran en tener un hijo, que con el tiempo que llevan juntos y la edad que tienen, ya es hora de ser padres.
Tras las primeras entrevistas Ana tiene que decidir si quiere implicarse en la terapia para ver si su relación está agotada, o si por el contrario está viva bajo un montón de fantasmas. Pero Ana tiene mucho miedo a tirar del hilo de ese sentimiento. Cree que puede abrirse la caja de Pandora. Cuando en lugar de derramarse el mal, lo que puede haber en esa caja son claves para despejar esas dudas.
Por su parte, Fran tiene ideas peligrosas sobre el amor. En la mayoría de los casos, las aficiones no restan bienestar a la pareja, sino que permiten sentirse mejor a quienes las practican, y por ende eso enriquece a la pareja. Por otro lado querer tener un hijo es lícito, pero pensar que un hijo es la solución a una relación que pasa por un periodo de crisis es un error. Pero él no es quien viene a terapia.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Dic 26, 2013
Se encuentra raro, espeso, no sabe exactamente lo que le pasa. Le invade un malestar indefinido que le causa molestias para vivir estos días. Piensa que puede ser culpa de la Navidad, que no le gusta.
Después de la cena de Nochebuena y la comida de Navidad, hay mucha gente que sufre intoxicaciones, empachos, o alergias inesperadas. Por comer demasiado, por comer cosas que sabemos a ciencia cierta que nos sientan mal, por ser arriesgados y hacer experimentos. ¿Qué hago hablando de nutrición? Es una analogía de lo que ocurre con las relaciones estos días tan señalados: nos dejamos llevar y acabamos contando cosas que no queremos, pedimos consejo a quién sabemos que nos va a dar una respuesta que no nos gusta, soltamos verdades e ironías y que pase lo que tenga que pasar…
¿Y cuál es el resultado? A veces uno detecta claramente cuál es el alimento en mal estado, pero otras muchas veces uno no sabe a qué atribuirlo. Hay que tener cuidado de con quién me relaciono y cómo. Hay que tener cuidado con las esperanzas de cambio que uno deposita en los demás. Hay que tener cuidado de no sumarse a la sintonía que otros llevan, porque no todas las melodías son interesantes bailarlas. Y hay que tener cuidado de uno mismo: ¿por qué quiero cambiar a la gente?, ¿por qué me gusta provocar?
¿Usted es de los que tiene cenas agradables y en buena sintonía? ¿O en sus cenas siempre hay notas desafinadas? ¿Cree que es cuestión de azar y suerte? Existen fiestas en las que se producen buenos encuentros, donde se comparte calor emocional, risas y conversaciones más o menos interesantes.
Estas consideraciones no son de eficacia instantánea. Pero son consideraciones que ha de tener presente si quiere que las próximas fiestas sean para usted diferentes. Tiene un año por delante para hacer algo. Usted verá lo que quiere hacer. La culpa no es de la Navidad, pero tanto encuentro social evidencia más lo que hay y lo que no hay.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Dic 20, 2013
Ya son varias personas las que se han acercado a mí, y me han preguntado si en Navidad tengo más trabajo de lo habitual. Lo cierto es que nadie viene a consulta diciendo “mi problema son las Navidades”. Si bien es verdad que estas fechas a muchos producen tristeza, ansiedad, incluso angustia. Lo que sucede muchas veces es que las Navidades suponen la gota que colma el vaso, pero entiendan, el vaso estaba lleno.
Las Navidades pueden no gustar, pueden producir añoranza o cierta tensión, pero no por eso se tiene una depresión que tenga que ser tratada. Un poquito de tolerancia a la tristeza, por favor. No son pocos precisamente, los que recurren al alcohol, las drogas, o a los medicamentos para poder convivir con la tristeza o la frustración. El pasado 6 de diciembre se publicó en un periódico un artículo que se titulaba “Pastillas para el dolor de la vida”. He extraído algunas frases del artículo que invitan a pensar: “se medicaliza el sufrimiento cotidiano”, “la efectividad o el beneficio de los antidepresivos para combatir los síntomas leves o moderados de la depresión es muy limitada”, “se están patologizando emociones normales”, “bajo el paraguas de la depresión se mete cualquier sintomatología de tristeza o desánimo que se pueda tener, aunque sea sana, legítima y proporcionada”.
Me alegra leer esta información en un noticiero. Y no es la única información de esta índole que ha aparecido. El pasado día 17 también podíamos leer “¿Un lexatin? No, mejor váyase a sudar al parque”. No es que todo se pueda solucionar haciendo deporte, pero sí produce bienestar, relaja o regula el organismo entre otros beneficios. Sin duda, un recurso a tener en cuenta para pasar estas Navidades de una forma más agradable. Porque es exagerado recurrir a fármacos para poder transitar estas fiestas.
¿Usted toma medicamentos ansiolíticos, hipnóticos o sedantes? ¿Cuánto tiempo lleva tomándolos? ¿Se siente mejor? Si no consigue la mejoría que desea, tal vez sea hora de que considerar que le hacen falta otras herramientas para abordar la vida cotidiana.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Dic 12, 2013
Acaba el primer trimestre del año. Y otra vez más llegan las notas. Hay padres que dicen, “mi hijo me ha sacado una notas buenísimas”, o “o mi hijo me ha suspendido dos asignaturas”. Esto que puede resultar una forma simpática de hablar tiene su importancia. Son muchas las veces en que no queda claro para quién se aprueba y de quién es el interés por aprobar. Es clave diferenciar de quién es el deseo.
Muchos padres ante las malas notas de sus hijos recurren al castigo. Así que muchos estas Navidad les quitarán la paga a sus hijos, les retirarán los videojuegos por un tiempo tan largo que ni ellos mismo se van a acordar, les dejarán sin entrenar un tiempo o incluso les quitarán definitivamente del deporte. La estrategia que toman muchos padres es infundarles motivación a base de apartarles de todo aquello que les gusta y beneficia. Tras un tiempo con esta práctica esos mismos padres se cuestionan: ¿si yo les castigo, por qué no reaccionan?
Antes de recurrir al castigo o a las clases particulares, primero hay que valorar distintos aspectos. Habrá que diferenciar si se trata de una cuestión de mala suerte, falta de esfuerzo, o es que ese chico no sabe aprender; también habrá que ver cómo es ese profesor y que relación tiene el alumno con él; qué está ocurriendo en la vida emocional de ese estudiante, si tiene dificultades con los amigos, si está descubriendo sentimientos como el amor, la decepción, el miedo; o por ejemplo si es una personas que tiene problemas con el manejo del tiempo. También hay que tener muy en cuenta qué situación hay en la familia: si los padres son una pareja bien avenida, qué relación existe con los hijos, si en casa se favorece, se valora y se participa de los estudios de los chicos, si hay un clima de tranquilidad y paciencia o imperan las prisas, los nervios, y cierta despreocupación.
Hay que escuchar en cada caso qué nos está diciendo cada suspenso. Escuche también, lo que su hijo tiene que decir.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Dic 6, 2013
Estamos estrenando diciembre, el mes que más días festivos del año tiene. Mientras unos reniegan, otros muestran alegría. Y la realidad es que ya estamos viviendo la previa de Navidad, ya contamos con luces, dulces, adornos, y felicitaciones. Sí, muchos de nosotros ya estamos recibiendo las primeras felicitaciones. En papel, virtuales o de viva voz. Algunas de esas felicitaciones tendremos la fortuna de que no sean sólo un papel que arrugar, o un email que marcar como spam. ¿Por qué digo que una felicitación puede ser una fortuna? Entre otras cosas, porque pueden contener algo que se quede resonando en nuestra cabeza.
Hay felicitaciones impersonales que se nota que las ha impreso aleatoriamente una máquina. Hay felicitaciones que son un chiste y se reenvían con mucha ligereza. Y hay algunas felicitaciones muy personalizadas. Ésas son las que me gustan a mí, y seguramente a usted también, y no aquellas que sólo son palabras frías articuladas como un formalismo o una estrategia de marketing. ¿Por qué gustan más aquellas felicitaciones que incluyen nuestro nombre, y alguna palabra significante para nosotros? Porque no nos tratan como a uno más, porque nos dan nuestro lugar único y original, porque se han acordado de nosotros, y porque es incalculable el valor que tiene que alguien nos dirija una mirada de amor.
“Que recibáis muy bien el 2014. Que disfrutéis de las fiestas, y de la vida”. De las felicitaciones que he recibido, ésta va ganando. ¿Es posible que alguien que no disfruta de la vida pueda disfrutar de las fiestas? Entiendo que hay circunstancias puntuales y difíciles en las que cuesta inmensamente dirigir la mirada hacia el color y la belleza. Pase las fiestas lo mejor posible. Pero tal vez tenga usted un estilo vital apesadumbrado, farragoso, cascarrabias, así que para usted no hay felices fiestas por mucho que yo se lo desee. Tal vez para el próximo año usted desee para sí mismo otra cosa. Entonces algo distinto tendrá que hacer.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Nov 23, 2013
Perdón, te he pisado sin querer. Perdón por llegar tarde. Perdón, me he equivocado dándote el número de teléfono. Perdón, hice un comentario desafortunado. Perdón, ya no volveré a ser infiel. Perdón ya no voy a beber más. O como en la canción de Antonio Orozco “pido perdón, por no haber escuchado tus ruegos”.
Podríamos considerar muchos aspectos del perdón, por ejemplo, ¿por qué cosas tengo que pedir perdón?, ¿hay que perdonar?, ¿hay hechos que sean imperdonables?, ¿pedir perdón garantiza que las cosas sigan como antes?, ¿qué significa que yo perdone?, ¿qué implica que yo pida perdón? Nos quedamos con este último interrogante.
Pedir perdón ante otro cuando sabemos que hemos causado alguna molestia a propósito o sin querer, es un gesto de educación, sensibilidad y respeto. Pero hay sujetos que casi siempre se sienten inocentes de todo, y no consideran que tengan que disculparse, se sienten impunes, pero esta es una postura que no está libre de consecuencias.
Si he decidido disculparme, además de ser un gesto considerado, puede ser algo positivo si conduce a reflexionar y buscar remedio. Pero es frecuente encontrarnos con sujetos que piden perdón casi de forma automática, como una costumbre, sin asumir ninguna responsabilidad. Entonces, ahí, pedir perdón sirve de poco, sería solamente una buena intención sin consistencia, sin consecuencias. Nos encontramos entonces, con que no hay garantía de que pedir perdón implique un cambio: me disculpo pero sigo haciendo lo mismo una y otra vez.
Entonces cuando el pedir perdón se convierte sólo en palabras vacías hay que pensar que el otro no quiere o no puede cambiar. Puede que tengas alguien cercano y apreciado que pida perdón de forma muy sincera pero con ninguna transformación en la realidad, entonces ¿qué quieres hacer tú? Si estas cansado, desorientado, ya no puedes más, y no puedes tomar ninguna decisión para tener una vida más amable, consulta a un psicoanalista.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Nov 16, 2013
“Mi vida es una vida normal: tengo un trabajo agradable, estoy casado, tengo un hijo, y me gustan los coches. Hay un pero: tengo rachas malas, me pongo depresivo, pierdo el interés de todo, empiezo a cuestionarme y a quitarle valor a la vida que me he construido, y me pongo de mal humor. La gente me dice que qué me pasa si lo tengo todo. Me hacen pensar, pero lo único que consigo es ponerme peor, aparece la angustia y otros malestares físicos. ¿Qué fácil es la vida de uno a ojos de los demás, verdad?
Ahora las cosas empiezan a ser de otra manera. Con la terapia estoy descubriendo cosas muy valiosas, estoy descubriendo mi propia historia, cómo he llegado a ser quién soy, qué me ha llevado a hacer las cosas que hago. Estas aclaraciones me están permitiendo ordenar mi vida y saber hacia dónde me quiero dirigir. Después de 11 meses de terapia puedo decir que el trabajo que tengo actualmente me lo buscó mi cuñada, a mí no me parecía mal y de hecho me ha permitido hacer muchas cosas, pero no lo elegí yo, y ahora quiero dedicarme a otra cosa que me gusta a mí y he elegido yo. Respecto a tener un hijo, mi mujer y yo estábamos de acuerdo, pero no fue como un orgasmo simultáneo, sino que ella me lo propuso y yo lo único que hice fue sumarme a esa propuesta. Eso sí, a mi mujer la elegí yo porque sí, a pesar de que al principio mis allegados me decían que no me convenía”.
La vida puede resultar muy pesada, y sin brillo, si las decisiones las toman otros, si son fruto de una casualidad, si son decisiones fuertemente determinadas por la historia familiar. La vida vibra cuando uno toma decisiones y las toma teniéndose en cuenta a si mismo, teniendo en cuenta el deseo y no sólo la razón. Jose Luis ahora ve su vida más fácil, es él quien palabra tras palabra le ha dado un nuevo sentido a su vida, se siente liberado, ligero. Y aunque sabe que la vida presenta sinsabores e imposibilidades, también sabe que hay algunas cosas que sí son posibles.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga