Oct 15, 2013
De repente se me agriaba el carácter. Notaba cómo la cara y todo yo, hasta mi alma, se me arrugaba como una pasa seca. Al principio no le prestaba atención. Pensaba que sería un mal día, que habría descansado mal, que el tiempo estaba cambiando, que los demás eran egoístas y no sabían hacerme feliz, también llegué a pensar que era por ser un día concreto de la semana, (¡la culpa era de los lunes!). Yo trataba de hacer autocontrol, me planificaba, hacía deporte para eliminar estrés, leía libros de autoayuda, pero estas estrategias a mí no me servían para apañarme bien ni conmigo mismo ni con la vida. Seguían pasando los años y este estilo no desaparecía, a veces con más intensidad y otras veces con menos. La única experiencia que iba teniendo, era tropezarme una y otra vez con la misma piedra.
La gota que colmó el vaso fue una vez que estaba excesivamente cansado. Fui al médico a que me hicieran un reconocimiento, y la sorpresa fue cuando me dijeron que todo estaba bien. Entonces me asaltaron dos cuestiones: o los médicos son muy torpes y no encuentran lo que tengo, o mi ánimo está haciendo estragos en mi cuerpo. Y entonces pedí ayuda.
La terapia me ayudó a ver que no se trataba de cambios tan repentinos y sin explicación. Cada vez que las cosas no salían redondas ahí tenía lugar el malestar. Por ejemplo: una llamada telefónica que te hace perder el tiempo, tu pareja que te hace un plan sin consultarte, te arrancan el espejo retrovisor, no consigues tener un orgasmo, sentir que el tiempo se te escurre entre las manos sin poder atraparlo. La gente me decía “¡no es para tanto!, ¡te tomas las cosas muy a pecho!, de sus bocas parecía todo muy claro y sencillo. Para mí no funcionaba la fórmula “las cosas son así, y punto”. Yo me veía atrapado en un comedero de cabeza: por qué me ha pasado esto, yo no me merezco eso, la culpa es de fulanito, la vida es injusta. Una de las consecuencias de todo esto era que tiraba el día por la borda con el consiguiente remordimiento que esto traía después.
Luis ha vivido dominado por los cambios de humor y la culpa casi una década. Hasta ahora no podía aceptar que hay muchas imposibilidades cotidianas. Son cosas que pasan y punto. Las cosas que pasan, ya han pasado, pero hay gente que no puede dejarlas atrás. Y entonces entran en un bucle destructivo. Su actitud era un indicativo de que estaba negando la imposibilidad. Es cierto que las cosas ocurren y punto, pero después del punto se abre un interrogante, ¿ahora qué voy hacer con lo que ha pasado? Sólo aceptando la imposibilidad se abren otras alternativas, si no uno permanece obcecado. Además de esta negación, Luis descubrió en terapia otra ley que le hacía funcionar así: si no se tiene una respuesta pesada y dramática, es que eres una persona descuidada, pasota, con falta de interés y de atención. El entendía que mostrarse molesto era una señal de que las cosas tenían importancia y valor.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
Telf 951 91 81 21
Málaga
Oct 15, 2013
Estoy harta, nada me sale bien. Yo solía creer que las cosas estaban marchando genial, y de repente descubro que para mi pareja no es así. Y de nuevo otra vez soltera. Ninguna relación me dura más de dos años, ¿es que no me merezco estar con alguien?
Carmina es joven, y se describe como una persona educada y con gustos cool. Ella no lo dice, pero dedica miradas de desprecio a los que ella considera que practican tendencias populares. Todo lo que no sean risas y una conversación de sábado por la noche, le cambia el ánimo y le resulta incómodo. Además ella entiende que hay muchas cosas que no hace falta hablarlas porque son cosas que se saben y se sobreentienden. Es de esas personas que dejan señales para que así los demás sepan lo que ella quiere.
Carmina acude a consulta no tanto por el dolor de la separación como por el interrogante “¿es que no merezco estar con alguien?” La separación ha sido una contingencia que le ha abierto otra pregunta: ¿qué hago mal? Los movimientos de Carmina estaban guiados por el falso confort que produce guiarse por el criterio de “lo que está bien” y “lo que está mal”, con el fin de procurarse alguna garantía. Se convertía así en una especie de autómata que dejaba apartadas la curiosidad y la satisfacción. Así las relaciones perdían frescor, espontaneidad, viveza, pareciéndose más a una relación de escaparate y muerta. Permaneciendo su ser más genuino escondido.
Carmina ha estado instalada en el lugar de la ignorancia, de no querer saber, ni de ella, ni de lo humano, por eso todo le sorprende, no se entera de nada, y todo le parece que ocurre de repente. Con el tratamiento ya no alimenta su existencia con suposiciones e imaginería, sino que se atreve a abrir la puerta de lo humano, y ya no se esconde de los movimientos del amor, el miedo, la fidelidad, la culpa… lo que le permite vivir relaciones más auténticas y no cubiertas con el velo de lo ideal.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Málaga
Oct 1, 2013
Durante años le estuve diciendo a mi madre que quería morirme. Sólo a ella. A mis amigas las tenía al margen de este sentimiento tan íntimo, por vergüenza a que de verdad supieran cómo soy, y por un mínimo de respeto hacia mí misma. Antes de que me vieran así, prefería pasar un tiempo en el exilio. Luego llegó mi novio, y era a él al que taladraba la cabeza con mi doloroso deseo de querer morir.
Al principio, cada vez que decía: “quiero morirme”, lo que conseguía nunca era morirme, sino que mi madre o mi novio se asustaran. Cada uno a su manera, me agasajaban con su compañía y distintas atenciones. Trataban de convencerme de lo contrario. Se esforzaban en poner de manifiesto lo mucho que yo valía, y se esmeraban con charlas interminables, en que yo volviese a ver el brillo que tenía todo aquello de lo que me había rodeado. Se ponían casi incansablemente a barajar hipótesis sobre por qué estaba así, y cual podía ser la solución. Nada hacía efecto, y además yo no salía indemne de todo esto, me resultaba agotador. Atacaba de tal forma a mi reserva de energía, que mis piernas no se sostenían, y el hilo de mi voz bajaba hasta el punto de no poder hacerme escuchar.
Este sentimiento aparecía así, de repente sin aparente explicación. Hasta varios años después nunca tuve la curiosidad suficiente para desmenuzar mi vida y encontrar una explicación. Coincidía además que mi madre y mi novio hicieron manifiesta su imposibilidad de ayudarme, y me sugirieron que acudiese a un profesional. Y eso hice.
De algún modo había estado renunciando al esfuerzo de encontrarle algún sentido a tanto dolor y espectáculo. Quería morirme y punto. Mientras quería morirme no existía nada más, sólo el dolor de la agonía. Era un refugio prácticamente inhóspito, pero era un refugio. Le daba la espalda al mundo. A las cosas del mundo, a la gente del mundo, a todos mis amores. Pero no sólo le estaba dando la espalda al mundo, también me la daba a mí misma. Hoy sé que no estaba loca, era una solución precaria a distintos conflictos.
Al principio esto tenía un carácter catastrófico. Con la terapia este imperativo se hizo más suave y aparecía con menos fuerza y frecuencia. “Quiero morirme” sólo aparecía cuando ocurría cualquier contrapié familiar, laboral, burocrático… En la actualidad algo queda de aquello, y ocasionalmente hay veces que “quiero morirme”. Pero en el fondo de mí, muy muy en el fondo sé que no quería ni quiero morirme de verdad. Yo quería como Regio: dejar el mundo, pero la muerte no me gusta como forma de abandono, quiero dejarlo, pero vivo y coleando.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Sep 10, 2013
De pequeña apenas me daba cuenta. Pero ahora, con la experiencia de la vida, si echo un poco la vista a tras, veo como mi madre siempre hacía comentarios negativos sobre la mayor parte de las cosas que yo hacía o quería hacer: sobre el vestuario, las amigas, las aficiones, los novios, sobre la forma de ver la vida. Hacía comentarios del estilo: esa música es de gente pobre; qué mal gusto tienes, qué van a pensar de ti; ese hombre es un don nadie; por qué haces eso, pareces una tontorrona. Ahora han pasado muchos años y puedo decir que a pesar de todo, no de todo sino de ella, yo siempre me salía con la mía y hacía lo que quería. Pero es cierto que me hubiese gustado tener otro apoyo, quizá otras palabras más suaves que mostraran ese desacuerdo. Pero no ha sido así.
En cambio para mi hermana mayor fue distinto. Ella apenas lograba hacer lo que quería. Y cuando lo hacía le embargaba culpa y la pena por no satisfacer los gustos de nuestra madre. Además también vivía esa diferencia como un rechazo: que mamá no comulgara con sus gustos era sentido por ella como una falta de amor. Mi hermana ha hechos cosas en la vida sin llegar a agradarle del todo, con el único fin de obtener la aprobación y el reconocimiento materno.
Una misma madre y dos hermanas tan diferentes. La hermana pequeña nunca fue a terapia. Ha podido ir haciendo su vida de forma amable, y nunca se le ha presentado ningún acontecimiento en el que sintiese que “ya no puede más”. Sin embargo la hermana mayor recurrió a terapia, vino a petición de algunos familiares y nunca por deseo propio, por eso solo dio lugar a cuatro sesiones. El psicoanálisis le hubiese beneficiado en algunos aspectos, porque cuando alguien se compromete con el tratamiento lo que está garantizado es que algo se mueve, porque sólo para quejarse no se va a terapia.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Ago 6, 2013
Las discusiones con mi pareja tenían mucha fuerza y presencia, prácticamente cada semana. Cada pelea suponía mucha tensión, sufrimiento, incomodidad, mal royo. La situación ya era absurda e insoportable. Cada discusión parecía vital, y que iba a ser el fin de la relación; deshacíamos todos los planes y cada uno se iba por su lado. Nunca habíamos roto la relación definitivamente, pero yo me planteaba terminar con aquello en numerosas ocasiones. No tenía claridad, me preguntaba: ¿cómo sabe uno si tiene que dejar a su pareja? Por otro lado, Jorge me hacía sentir que el problema era mío, porque siempre me reprochaba que también discutía con mi familia, con mis amigos, y con los compañeros de trabajo. Cuando me decía esto yo me alteraba mucho, sentía una gran desconfianza, inseguridad, una falta de respeto y apoyo.
No sé cómo sucedía, pero es verdad que me veía envuelta en situaciones inesperadas y muy desagradables. Durante un tiempo me parecía que estos sucesos eran inherentes a la vida y que no se podían evitar, pero ahora sé que quiero una relación con más complicidad, vivir encuentros más agradables, tener relaciones fluidas. He entendido que las buenas relaciones no son casualidad ni fruto del azar, sé que hay que hacer algo para favorecer un buen ambiente y cuidarlo.
A través de la terapia he descubierto que en pocas ocasiones expresaba lo que quería, y que cuando conseguía expresarme lo hacía en tono desafiante y manifestando un reproche constante, es decir favoreciendo una atmósfera para discutir. Sentía que sólo expresar –mi opinión, mis ideas, mis preferencias- era poco, me veía movida por un impulso a imponer mis preferencias, a convencer, a forzar al otro a que me diera la razón.
Loli, sin darse cuenta, cada vez que tenía que expresarse, o conversar, directamente discutía. Vivía la diferencia de opinión con mucha agitación y tensión, y no sabía nada de por qué todo esto ocurría así. Gracias al proceso terapéutico, Loli ha descubierto que la forma en que se relacionaban sus padres entre sí estaba determinando su comportamiento actual. La experiencia de Loli era que si difería de la opinión paterna no tenía ninguna aprobación ni muestra de cariño, de aquí la dificultad de expresarse. Por otro lado había adoptado como propio ese carácter reprendedor, tomando así una falsa identidad, dejando a un lado su autenticidad. Ahora Loli se permite entender y hacer la vida desde su propia óptica, y no desde la mirada paterna; también acepta sin sufrimiento que diferenciarse de sus padres no es lo mismo que separarse de ellos.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Jun 11, 2013
“En mí prevalecía un sentimiento de insatisfacción. Sentía que me había equivocado en mis elecciones. Cuando no me lamentaba del trabajo, me lamentaba de la pareja, y si no me lamentaba de mis aficiones, de la familia… Inmersa en una duda potente que me cegaba, me dolía, y frenaba. No avanzaba en ninguna dirección. Esto me hacía sentir vieja y malhumorada.
No era que yo anhelara otro destino y soñara con una vida distinta. Pero tampoco me apañaba con lo que tenía. ¿Qué pasaba? No terminaba de querer bien aquello que era fruto de mi deseo. La insatisfacción me impedía cuidar y disfrutar cualquier conquista: amorosa, laboral, artística, deportiva.
Un día en terapia, como el que no quiere decirlo, de pasada y de camino hacia otro decir, dije que mi vida hasta ahora había sido al revés: siempre lo que quería, ya luego no lo quería; empezaba los estudios y luego no quería terminarlos; conocía a una pareja y luego comenzaba un conflicto “ahora sí, ahora no”, con el trabajo también tenía dificultades para sostenerlo. Todo había sido elegido porque me gustaba, pero luego siempre quería abandonar”.
Esta persona había vivido en esta situación caótica durante más de veinte años. Todo se desencadenó a raíz de la muerte de su madre. Desde entonces su modo de funcionar se caracterizaba por el establecimiento de la duda seguido de un impulso a abandonar todo aquello con lo que establecía un lazo. Un modo simbólico de llevar la contraria a la madre haciendo así que siguiera presente. Reconocer este modus operandi tan personal le sirvió para autorizarse a disfrutar placenteramente de sus decisiones, al mismo tiempo que se alejaba de esa satisfacción displacentera que obtenía de esa ambivalencia sostenida tan forzadamente.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Ago 16, 2012
Me dispuse a ver una película, no sólo con el afán de entretenerme sino con vista, oído y mente preparados para sorprenderme. La película elegida: Candilejas. El objetivo: cumplido.
Candilejas, es una película producida, escrita y dirigida por Chaplin en 1952. La banda sonora también fue compuesta por el propio Chaplin. Se considera una de las mejores partituras de la historia del cine, su único Oscar lo recibió por esta melodía, a los 83 años.
Con unos diálogos frescos y originales, Chaplin muestra algunas de sus ideas sobre la vida, la muerte, y la felicidad. Sin duda ideas que hoy también pueden hacernos reflexionar. Quiero compartir con vosotros partes del diálogo que me han parecido excelentes:
-La felicidad… ¿existe? ¿dónde? Cuando era niño me quejaba a mi padre porqué no tenía juguetes y él respondía señalándose la frente con el dedo índice: Este es el mejor juguete que se ha creado. Todo está aquí. Ahí está el secreto de nuestra felicidad.
-Veo futilidad en todas las cosas. La veo incluso en las flores, la siento hasta en la música. La vida no tiene objeto ni significado. – ¿Por qué habría que tenerlo? La vida es deseo, no significado. El deseo es el motivo de toda existencia.
-A veces en la juventud tenemos pocas ganas de vivir, que no sea demasiado tarde cuando nos aferremos a la vida… Como a mi edad, a estas alturas la vida llega a ser un hábito. – Un hábito sin esperanzas. – Pues aprenda a vivir sin ellas, viva para el presente. Aún así hay momentos maravillosos. – Cuando se ha perdido la salud, no los hay. Estoy cansada de luchar – Porqué lucha contra sí misma. No quiere darse una oportunidad. La lucha por la felicidad es hermosa.
-¡Hay cosas que no me gustan! -A mi no me gusta ver la sangre correr y la traigo en las venas.
-Lo peor en usted es que se niega a luchar, se da por vencida, no hace más que pensar en la enfermedad y en la muerte. Pero existe algo tan inevitable como la muerte y es ¡la vida!
-¿Por qué no me dejó morir? – ¿Qué prisa tiene? ¿Siente algún dolor? Es lo único que importa. Lo demás es fantasía. Millones de años hemos tardado en ser conscientes de esto y usted quiere olvidarlo, desmentir el milagro de la existencia, lo más importante de todo cuanto hay en el universo. ¿Qué hacen las estrellas? Nada salvo seguir en sus ejes. ¿Y el sol? Lanzando llamas a millones de km, ¿y qué? Desperdicia sus recursos. ¿Puede pensar, el sol? ¿Es consciente? ¡No! Pero tú sí. ¿Por qué vale la pena luchar? Por todo. No es la misma vida suficiente para vivirla, sufrirla, disfrutarla… He aquí una razón poderosa. La vida es preciosa, magnífica. Existe algo tan inevitablemente poderoso como la muerte. Es la vida.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Málaga
Ago 16, 2012
“Llegó un momento en el que cada vez quería estar con menos gente, no quería quedar con casi nadie, ya ni con la familia, prefería estar solo. Cuando sonaba el teléfono sentía una especie de miedo, me decía: quién será, que querrán. Prácticamente cualquier estímulo exterior me agitaba y me hacía sentir estresado. Muchas veces me encontraba irritado y malhumorado y no sabía por qué. Sufría constantes episodios de angustia sin ninguna causa aparente.
Tras un periodo de terapia descubrí que cualquier palabra proveniente de los demás yo la vivía como demandas que debía satisfacer. Todo era recibido por mi parte como un imperativo, como una orden. Era una exigencia que me oprimía, me hacía vivir triste y cansado, cada vez me aislaba más.
Poco a poco entendí que yo podía vivir de un modo distinto, que para tener una vida digna y preciada, no necesitaba hacerme responsable de nadie, ni sentir que yo era lo que completaba la vida de los demás. A día de hoy soy capaz de disfrutar de las reuniones amistosas; puede sonar el móvil y no me siento acongojado ni amenazado. Ahora puedo ser yo con toda libertad, no me siento obligado a responder”.
Este hombre vivió la situación de malestar que ha relatado, durante aproximadamente 3 años. En apenas 6 meses de tratamiento ha conseguido apaciguar en gran medida su malestar. Tuvo que aceptar que cada uno se tiene que hacer cargo de su propio deseo, de sus inquietudes e insatisfacciones. Si nos remitimos a su infancia, este paciente, de pequeño vivía sin hacer ruido, siempre iba por el camino correcto con tal de que sus padres no se molestaran ni lo más mínimo para que no discutieran. De forma inconsciente ese seguía siendo su patrón de comportamiento.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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Jul 12, 2011
Para la cenicienta el hechizo se rompía a las doce de la noche. Para el protagonista de la última película de Woody Allen, esa es la hora en la que comienza el encanto. En este largometraje, “Midnight in Paris”, entre otras cosas reina la insatisfacción de los personajes: siempre falta algo para ser feliz. El protagonista, un escritor de este siglo, piensa que la vida en los años 20 es lo que a él le hubiera gustado vivir. En su encanto de medianoche, conoce a una chica de esa época, también cree que otros tiempos, en este caso La Belle Epoque eran mejores. En nuevo viaje al pasado, juntos, conocen a escritores y pintores de esta época, quienes a su vez creen que el renacimiento era mejor. La cinta aborda la idea que tiene la gente de que una existencia distinta a la suya, les haría sentirse más completos. Como vemos a lo largo de la historia, y no en un momento puntual, son muchos los que albergan cierta cuota de insatisfacción. ¿Será una cuestión constitucional del sujeto?
Trasladado a su vida cotidiana, tal vez usted piense que su infancia fue mejor que la actual; o que sus 20 años son mejor que sus 30; o que la vacaciones del 96 fueron mejor que estas. Todo tiempo pasado no fue ni mejor ni peor, distinto. ¿Por qué tendría que ser mejor el pasado que el presente, con todo por venir? ¿Qué ha hecho usted o que ha dejado de hacer para que la vida no siga tan bien como la recuerda?
Pensar que todo tiempo pasado fue mejor, es un doble escape. Por un lado escapar de la realidad que nos toca vivir. Y por otro lado escapar de la muerte que nos espera. En cualquier caso, un obstáculo que invita a quedarse inactivos, lo cual puede traer complicaciones. El pasado es mejor elaborarlo u olvidarlo, la felicidad está en el presente y en el futuro. No hacen falta hechizos ni delirios, sólo su trabajo y su constancia pueden bastar para vivir a gusto.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
Nº Colegiada AO- 5262
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Ene 25, 2011
La ficción, que nunca supera a la realidad, se ha hecho eco numerosas veces de la complejidad que supone vivir entre vecinos, en definitiva entre otros. Da muestra de ello la película La comunidad, descrita como un film de terror vecinal. O la serie de televisión Aquí no hay quien viva. Comedia y humor son dos ingredientes que ayudan a tener cierto nivel de salud.
Una comunidad de propietarios es el total de propietarios de un mismo edificio que se rige por la Ley de Propiedad Horizontal, así como por las normas o estatutos por ellos acordados. La ley está ahí para cumplirla, aunque no todos lo hagan, pero lo verdaderamente complicado es acordar normas entre vecinos. Si no, pregunte a algún administrador. Más allá de cómo gastar el dinero, está el problema de cómo manejar la idiosincrasia de cada uno.
El justiciero, el soberbio, el sabelotodo, el cotilla, ¿usted qué clase de vecino es? Si bien es cierto que no todas las personas te hacen ser igual. Digo esto porque uno puede llegar a portarse de una manera dada, en una comunidad determinada, y si se cambia de vivienda puede llegar a ser de otra manera distinta. Hay personas y vecinos de todas clases, como decíamos: sucios, escandalosos, amargados, tan tímidos que les hace parecer maleducados, dueños de perros meones… Con algunos es horrible compartir un viaje en ascensor, y con otros te puedes acabar hasta casando. Imagínense personas tan distintas, con su carácter, con sus propias manías y obsesiones, que lo único que les une es que han comprado una casa en el mismo edificio, luchando por un bien común.
La dificultad no reside solamente en la diferencia de personalidad de los vecinos, sino cuando en lugar de mirar por el bien de la comunidad, priman otros intereses. Esto se ve muy bien en las reuniones, cuando algunos vecinos dejan aflorar demasiado su personalidad y se ve la envidia, el rencor, los celos: “como yo propuse una cosa y no se aceptó ahora nadie se va a salir con la suya”, “como me dejo llevar por la amargura digo que no a todo por sistema”, “como me gusta ser el centro de atención siempre estoy en contra de lo que diga la mayoría”. Los sentimientos son iguales para todos los humanos, vivan en una gran ciudad o en un barrio humilde. La diferencia está en como cada uno renuncia al miedo, a la venganza, a la rivalidad o a las propias alucinaciones. Ese es el grado de civilización y educación.
Los administradores de finca podrían recibir cierta formación psicológica. Por un lado para ayudar en las negociaciones, es difícil estar de acuerdo en todo, tal vez ni siquiera sea recomendable, pero se podrían exponer situaciones y acercar posturas entre los distintos interesados. Y por otro lado, para no entorpecer ellos, con sus propios afectos y estados de ánimo, la evolución del grupo con el que trabajen.
Los vecinos, en cualquier caso, lo mejor es que hablen de modo imparcial sobre el resto de vecinos, sobre todo porque existe una tendencia entre los humanos a hablar de nuestras miserias en tercera persona, y sería una forma de delatarse. Una de las cosas que más les cuesta a los humanos es implicarse en sus actos y en sus frases. Poder hablar de cosas que nos duelen, que nos cuesta, que no toleramos sentir o pensar en primera persona ya es un grado de implicación que no es fácil de alcanzar. Así por ejemplo, si digo que mi vecina piensa mal de mí, quizás sea uno mismo el que lo hace.
Genoveva Navarro
Psicologa Psicoanalista
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